sábado, 22 de junio de 2019

EL TAZÓN DE MADERA

EL TAZÓN DE MADERA

Voy a contar una historia que leí hace algunos años, por desgracia la situación que describo está ocurriendo cada vez más en nuestra sociedad con nuestros mayores. Es una triste realidad.

Un señor mayor se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto de seis años. Las manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban.
La familia completa comía junta en la mesa, pero las manos temblorosas y la vista enferma del anciano hacían de la alimentación un asunto difícil. Los guisantes caían de su cuchara al suelo, y cuando intentaba coger el vaso, con frecuencia derramaba su contenido sobre el mantel.
El hijo y su esposa se cansaron de la situación. Entonces dijo el primero:

-Tenemos que hacer algo con el abuelo ¡Ya basta! Se le cae todo, hace ruido al comer y tira la comida al suelo.
Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor, donde el abuelo comía solo, mientras el resto de la familia disfrutaba de la mutua compañía a la hora de comer.
Como el abuelo había roto uno o dos platos, su comida se la servía en un tazón de madera. De vez en cuando le miraban y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba allí, sentado, solo. Sin embargo, las únicas palabras que el matrimonio le dirigía eran frías llamadas de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.
El niño de seis años lo observaba todo en silencio.
Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con unos trozos de madera en el suelo. Le preguntó dulcemente:
            -¿Qué estás haciendo?
Con la misma dulzura el niño le contestó:
            -Estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá, para que cuando crezcáis, comáis en ellos. Sonrió y siguió a su tarea,
Las palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que se quedaron sin habla, mirándose el uno al otro. Las lágrimas rodaron por sus mejillas; y aunque ninguno de los dos dijo nada al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer.
Aquella tarde, el hijo tomó gentilmente de la mano al abuelo y lo llevó de vuelta a la mesa de la familia. Para el resto de sus días, el abuelo presidió la mesa en aquel hogar. Y por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecieron molestarse nunca más cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba, o se ensuciaba el mantel.

¡Ojala! muchos hijos tomaran nota de esta historia, nuestros mayores vivirían sus últimos años felices sabiendo el amor que les tiene su familia y el ejemplo que se da a sus propios hijos, los niños que, aunque no dicen nada, se enteran de todo y son unos imitadores de sus padres.


Josefina Mateos.

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