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sábado, 30 de mayo de 2026

LA VIDA Y EL CAMPO LATIENDO BAJO EL MISMO TECHO

Mula

Hubo un tiempo en que los animales convivían bajo el mismo techo que la familia. En Cebreros (Ávila), las casas de los agricultores compartían esa misma alma antigua: el animal cruzaba el portalón —o la simple puerta estrecha de tantas viviendas humildes— pisando las lanchas de piedra o el empedrado castellano, camino de la cuadra del fondo. A veces la entrada enlazaba directamente con un pasillo donde se guardaban los animales y los aperos, obligando a pasar por la cocina y otras dependencias antes de llegar al establo.

 

Era una herencia campesina que sobrevivió en pueblos como Cebreros hasta hace apenas unas décadas. Hoy muchos de aquellos empedraos han desaparecido bajo reformas modernas, pero quienes los vivieron entre las cepas aún recuerdan el sonido de los cascos de las caballerías entrando en casa.

 

En aquellas viviendas, la frontera entre el hogar y el campo apenas existía. Al volver de la jornada, se descargaba al animal en la puerta, se le quitaba el aparejo, el serón y este recorría el pasillo empedrado que llevaba hasta la cuadra. Conocía el trayecto de memoria: avanzaba despacio junto a la cocina mientras la familia continuaba la vida alrededor del fuego.

 

Aquellas piedras —cantos rodados, lanchas o granito— no eran decorativas. Evitaban el barro, daban agarre a los cascos y resistían el desgaste diario. Era una arquitectura humilde, práctica y nacida de la necesidad.

 

Hoy parece un viaje en el tiempo, pero durante siglos fue la normalidad.

 

No causaba sorpresa estar sentado a la mesa y ver entrar al hombre con la mula o el borrico, pasando a tu lado camino de la cuadra. Ni los animales ni quienes estaban en la casa se inmutaban: era parte del día a día.

 

Las puertas de la cuadra, igual que la de la entrada, solían dejarse con el cuarterón abierto para que entrase algo de luz y ventilación. Por eso era habitual verlos abiertos tanto en verano como en invierno.

 

A veces la casa y la cuadra eran tan pequeñas que la mula o el burro asomaban la cabeza por la puerta, como si hubiese un invitado más en la mesa, esperando que le cayese algún mendrugo de pan.

 

Recuerdo una comida en la que nos invitaron. Estábamos todos sentados, con el plato servido, a punto de empezar. Hacía mucho calor y la puerta de la calle estaba abierta. El marido se había retrasado; en aquellos tiempos no había móvil para avisar, y el arroz se pasaba, así que la mujer decidió que empezáramos sin él.

 

De pronto, pasó a nuestro lado el hombre conduciendo al burro hacia la cuadra. Después entraron los aparejos. Nosotros nos mirábamos sin saber si levantarnos, comer o esperar.

 

El único que sí sabía qué hacer era el burro, que enseguida sacó la cabeza atraído por el olor de la comida, como diciendo: «No empecéis, que falto yo».

 

Y así era la vida entonces: sencilla y compartida. Los animales formaban parte de la rutina cotidiana igual que la cocina, el corral o la huerta.

 

Hoy cuesta imaginarlo, pero hubo un tiempo en que la vida y el campo latían bajo el mismo techo, y el sonido de unos cascos entrando en casa no interrumpía nada: solo recordaba que la tierra también formaba parte del hogar.

 

Así era la casa de mis suegros, con ese gran portalón de lanchas por donde pasaban la mula y el borrico.

 

Y la de mi tía, con la mula asomando las orejas por el cuarterón mientras nos servía las alcachofas con carne...

 

Eso lo dejamos para otro artículo.

 

Josefina Mateos Madrigal

30 de mayo de 2026


 

jueves, 21 de mayo de 2026

EL TAZÓN DE SOPAS DE LECHE


Hay recuerdos que no vuelven como escenas sueltas, sino como un olor, una luz, un gesto. A veces basta imaginar el vapor de un tazón para que regrese entera una infancia: la cocina, la madre, el miedo, la ternura, la vida sencilla y dura de aquellos años. Este es uno de esos recuerdos.

 

Desde pequeña desayunaba sopas de leche. La leche era de cabra, la traía cada mañana la “tía Ugeña”, mejor dicho, la señora Eugenia, que recorría las casas con su cántara y su paso tranquilo. Las sopas se hacían con el pan del día anterior, y aunque hoy las recuerdo como un manjar, en aquella época no me parecían nada especial. Pero mi madre me las preparaba con tanto cariño antes de ir a la escuela, que ahora, al evocarlas, casi puedo sentir el vapor subiendo del tazón.

 

En casa no se compraban galletas. Eso era para otros. Las vendían al peso, en bolsas de papel, y lo habitual era comprar cien gramos de las típicas galletas María. A veces me daban un realillo, aquella moneda ligera con un agujero en el centro que circulaba en los años cincuenta y sesenta. Y otras veces, cinco perras gordas para comprar churros, cada churro costaba una perra gorda, y con cinco ya tenía más que suficiente. Yo no era comilona; más bien flacucha, de poco apetito. Por eso siempre tenía anemia y me pinchaban inyecciones de hierro que dolían como demonios.

 

La encargada de pinchar era la señora Avelina. Creo que todos los niños le teníamos pánico solo con ver su sombra. A mí no me gustaba nada que me pinchase —siento decirlo—, yo la veía como una bruja, aunque en realidad era una buena mujer. Cosas de niños.

 

Su llegada a casa era todo un ritual. Nada más entrar pedía una silla y se ponía a charlar con mi madre, como si no trajera en su bolso el instrumento del terror. Luego pedía alcohol, algodón y una caja de cerillas. Ahí empezaban mis nervios, la tiritera, el temblor en las piernas.

 

Mi madre le llevaba un plato. Ella colocaba encima un algodón empapado en alcohol, encendía una cerilla y lo prendía. Cuando la llama empezaba a bailar, sacaba una cajita de metal alargada, hecha casi a la medida de las jeringuillas. La sujetaba con unas tijeras con forma de pinzas sobre el pequeño fuego, y el agua empezaba a hervir. Dentro iban las jeringuillas y las agujas. Había de varios tamaños; a mí me parecían enormes, más grandes que espadas o lanzas.

 

La luz tenue de la bombilla —que parecía más bien una vela— proyectaba sombras alargadas en las paredes de la cocina. Las llamas del algodón hacían que aquellas sombras se moviesen, crecieran, se retorcieran como si fuesen criaturas vigilantes. Yo no sabía si mirar o cerrar los ojos. Todo parecía más grande, más oscuro, más amenazante de lo que realmente era.

 

No recuerdo si afilaba las agujas antes o después de hervirlas. Pero sí recuerdo perfectamente cómo soplaba el instrumental para que se enfriara. Aunque a mí me parecía que el tiempo no le importaba nada, que su ritual iba siempre lento, eterno, como si cada gesto tuviera que cumplirse sin prisa.

 

Y entonces venía lo peor: las afilaba. Sí, como los afiladores de la calle. Les sacaba punta para que entrasen “mejor” en la carne. ¿Y con qué las afilaba? Con el raspador de la caja de cerillas. Yo abría los ojos cada vez más, sin saber si mirar o esconderme.

 

Cuando por fin terminaba y preparaba la jeringuilla, mi madre quería sentarme en sus rodillas, abrazarme fuerte para que no me moviese. Pero yo no quería. Yo insistía en ponerme de pie, firme, valiente, como si así pudiera controlar el miedo. Y era justo en ese momento, cuando menos lo esperaba, cuando… ¡zaca! Ya me había clavado la aguja. Siempre acompañada de un golpecito para despistarme. El líquido ardía al entrar.

 

Antes de irse, me dejaba un algodón impregnado en alcohol sobre el pinchazo, por si salía una gotita de sangre. Aquel algodón frío era como la última firma de su visita.

 

Al marcharse, decía siempre lo mismo: “Me quedan todavía enfermos por visitar.” Visitar… o meterles la banderilla, porque a mí ya me la había puesto.

 

Y entonces quedaba en la cocina un olor muy particular, inconfundible: no era azufre, era el olor del alcohol que había ardido mientras ella preparaba la inyección. Ese olor se quedaba flotando en el aire, mezclado con mi miedo, como si la escena se resistiera a desaparecer.

 

Hoy, cuando pienso en aquella niña flacucha que desayunaba sopas de leche y se enfrentaba de pie a las agujas de la señora Avelina, no siento pena. Siento ternura. Siento admiración. Porque en esa niña ya estaba la mujer que soy: observadora, resistente, sensible, capaz de convertir un recuerdo doloroso en una historia que aún huele a cocina antigua y a amor de madre.


Josefina Mateos Madrigal. 


21 de mayo de 2026


 

domingo, 19 de abril de 2026

EL VELO AZUL Y EL MIEDO A CONFESAR

Confesionario
 

Llegó y pasó la Semana Santa. La alegría se veía en las caras. Por la tarde tendríamos la limonada para ir al bolo con la cantimplora y la bolla. Yo miraba a mis amigas y pensaba que, con la Resurrección, se había ido aquella pena que apretaba el pecho, esa sensación de haber hecho algo malo sin saberlo, de creer que era responsable del sufrimiento de Jesús. Me dolía imaginar que yo le había causado daño y que le habían crucificado por mi culpa. Pensar en su madre llorando me hería aún más. Entonces pensaba en la mía, y se me encogía el alma.

 

Quería cumplir con lo que nos enseñaban, con lo que mandaba el catecismo: confesar y comulgar. Pero, cuando entraba en el confesionario, me quedaba en blanco. Por más que pedía claridad para recordar alguna falta, no encontraba nada. Quería muchísimo a mis padres, iba a misa casi todos los días, no mentía porque no me gustaba hacerlo —además, no sabía— y no tenía celos de nadie… salvo un poquito, cuando veía a otras niñas pasear con sus padres, recibir abrazos y besos, o llevar amigas a casa para jugar. A mí no me dejaban porque decían que se ensuciaban las escaleras.

 

También pensaba que, si mis padres no confesaban y comulgaban, se iban a condenar, y yo no quería que nos separaran cuando muriésemos. Les rogaba que fuesen a confesarse porque quería estar siempre con ellos. Aquello me llenaba de temor.

 

Nunca había robado ni se me ocurría hacer daño a nadie. Ni siquiera a una mosca, aunque cuando molestaban cogía el sacudidor y, golpe va y golpe viene, al final caían.

 

Al entrar en la iglesia teníamos que ponernos un velo cubriéndonos la cabeza. El mío era azul claro, como el cielo. Era el único de ese color; las demás lo llevaban negro. Qué bonito era mi velo y qué orgullosa y guapa me sentía con él. Me lo había comprado mi madre en Madrid.

 

La iglesia estaba casi a oscuras, porque en aquellos años había poca luz. Esa penumbra hacía que todo fuese más serio. Yo me sentaba en el lado izquierdo, con las demás niñas. Los niños iban a la derecha. Desde la escuela nos llevaban juntas, y por el rabillo del ojo buscaba a los chicos con los que jugaba. Cuando alguno nos gustaba, decían que era nuestro novio, pero no lo eran: solo amigos. Cada una tenía su preferido, como si no pudiéramos fijarnos todas en el mismo. Ellos, en realidad, pasaban de nosotras; solo querían jugar al fútbol. Nosotras jugábamos a la comba y al corro, aunque alguna vez venían a jugar a príncipes y princesas. A lo mejor era pecado. Había que confesarlo.

 

En la iglesia siempre había alguien vigilando para que nadie se colara en la fila del confesionario, una maestra o alguna beata. Cuando se acercaba mi turno, me entraban los temblores. No por haber hecho algo terrible, sino por no saber qué decir. “Y si me olvido de algo… y si es importante… y si me condeno.” Qué miedo daba. Hasta que el sacerdote me mandaba rezar tres padrenuestros y podía salir otra vez a la luz del día. Aquello era un descanso.

 

La verdad es que yo no tenía miedo a pecar, porque no quería hacer el mal y siempre pensaba en ser buena y agradar a Jesús. El miedo de verdad llegaba cuando me tocaba confesar. Cuando la que estaba delante de mí entraba en el confesionario, ya sabía que detrás iba yo, y ahí las piernas me empezaban a temblar. Aquello de ponerse de rodillas, abrir la rejilla y empezar diciendo “Ave María Purísima” era muy fuerte; de los mismos nervios se me olvidaba qué decir.

 

Qué difícil era confesarse y qué angustia se pasaba allí dentro. Pero, cuando terminabas, se te quitaba un peso del pecho, todo se sentía más ligero y con más luz.

 

Josefina Mateos Madrigal

 

19 de abril de 2026


 

sábado, 11 de abril de 2026

LO QUE CUESTA HACER LO CORRECTO: EL PRECIO DE PROTEGER A QUIENES AMAS

Flor de lirio

A veces es mejor arrepentirse de haber hecho algo que de no haberlo hecho. Esa frase acompañó a Clara durante uno de los momentos más difíciles de su vida. No era una decisión que pudiera tomarse en caliente. Fueron noches de insomnio, días enteros de dudas, un peso que parecía no tener fin. Si no actuaba, su madre, y quizá también su padre, podían quedarse sin nada. Si actuaba, sabía que tendría a toda la familia en contra, convertida en la mala de la historia. Qué responsabilidad tan enorme sobre sus hombros.

 

Clara no podía hacerlo sola. Consultó a abogados, habló con la asistenta social y buscó el apoyo de su marido. Aun así, la duda seguía clavada, como una espina que no la dejaba respirar.

 

Todo se precipitó cuando descubrió que alguien cercano estaba retirando dinero de sus padres sin que ellos lo comprendieran del todo. Un abogado le aconsejó averiguar la situación real de las cuentas, y lo que encontró la dejó sin palabras: retiradas constantes, semanales, siempre al límite de lo permitido. Un familiar fue testigo de una de esas visitas al banco.

 

Intentó hablar con su padre, buscando claridad, buscando una explicación. La respuesta que recibió la dejó helada. Aquellas palabras, dichas desde la enfermedad y la influencia de otros, le hicieron entender que la situación era más grave de lo que imaginaba. Y que, si no actuaba, el daño sería irreparable.

 

Siguiendo las recomendaciones de los profesionales, Clara hizo lo único que podía proteger a sus padres: retiró una parte del dinero para ponerlo a salvo y lo depositó ante notario, dejando constancia de que no era para ella, sino para ellos, para cuando lo necesitaran. Fue una decisión durísima. Lo hizo con el corazón encogido, sabiendo que aquello tendría un precio.

 

Y lo tuvo. Su padre la denunció. Después, cuando él murió, un familiar continuó con la denuncia poniéndose en su lugar. Llevó a otros parientes como testigos, y declararon cosas que no eran ciertas. Clara podría haber denunciado por falso testimonio, pero no quiso hacer daño. Tampoco quiso denunciar por otras acciones que la habían herido profundamente. Eligió no devolver el dolor recibido.

 

Más tarde, cuando el notario leyó el testamento, Clara supo que lo habían modificado en su contra sin que ella lo supiera. Su madre, en sus momentos de lucidez, se negó a perjudicarla. Ese gesto, pequeño pero firme, le mostró la verdad de lo que estaba ocurriendo.

 

La familia no quiso escuchar sus razones. Para muchos, Clara fue la culpable. Ella, que nunca habría hecho daño a sus padres, tuvo que cargar con una reputación injusta, noches sin dormir y un trauma que aún hoy pesa. Pero también sabe que, si no hubiera actuado, el daño habría sido mayor. A veces, hacer lo correcto significa aceptar que otros te miren como la villana. Y aun así, volvería a hacerlo para protegerlos.

 

Esta es una historia de traición, de injusticia, de soledad, de cargar con un peso que no correspondía. Es dura porque toca lo más sagrado: la familia, la confianza, el amor que se da y que no siempre se devuelve. Pero también es una historia de integridad, de hacer lo correcto aunque cueste, de proteger a quienes no pueden protegerse. Es dura, sí, pero también es profundamente humana.

 

Y aunque el eco de aquella decisión aún resuena en su vida, Clara ha aprendido algo esencial: la verdad no siempre trae compañía, pero siempre trae luz. Y en esa luz, por fin, puede descansar.

 

A veces, cuando escribes tan profundo y tan cargado de verdad, parece que el mundo se queda en silencio un momento.


Josefina Mateos Madrigal


11 de abril de 2026



 

martes, 29 de abril de 2025

LA DISTANCIA AFECTIVA ENTRE PADRES E HIJOS: UN VÍNCULO QUE CAMBIA CON EL TIEMPO


El amor entre padres e hijos es uno de los lazos más profundos y transformadores. Se construye desde la infancia, con años de entrega, cuidado y protección incondicional. Es un amor que no exige nada a cambio, que se ofrece de manera genuina, guiado por el deseo de ver crecer y prosperar a quien se ama. Sin embargo, con el paso del tiempo, la dinámica puede cambiar. Lo que antes era cercanía y gratitud puede volverse distancia e indiferencia.

Es una realidad que muchos padres enfrentan cuando sus hijos se convierten en adultos. Aquel niño que corría a sus brazos y llenaba la casa de vida y alegría, de pronto parece ajeno a quienes lo han acompañado desde sus primeros pasos. La relación se transforma, y lo que antes era un vínculo fuerte y tangible, ahora es un lazo que en ocasiones parece frágil o casi invisible.

Este proceso suele ser difícil de comprender. Los padres recuerdan con nostalgia cada momento compartido, desde las noches en vela cuidando una fiebre hasta las tardes dedicadas a ayudar con los deberes escolares. Durante años, fueron el pilar emocional y físico de sus hijos, brindándoles seguridad, amor y protección. Pero un día, la relación cambia, la comunicación se reduce y el afecto parece haberse vuelto distante.

Surgen preguntas inevitables: ¿Cómo es posible que alguien que ha sido amado con tanta dedicación se aleje con tanta indiferencia? ¿Dónde quedó la cercanía que antes era natural? Estas dudas pueden generar dolor, confusión y una sensación de vacío difícil de explicar. Para muchos padres, el alejamiento de sus hijos se siente como una pérdida silenciosa, una ausencia que no es física, pero que pesa en el alma.

Sin embargo, la distancia entre padres e hijos no siempre es un reflejo de ingratitud, sino un proceso de crecimiento en el que cada individuo encuentra su propia identidad. A veces, los hijos, en su necesidad de independencia, se enfocan en su propio mundo sin darse cuenta del impacto emocional que su distancia genera en quienes los han amado incondicionalmente. No siempre es desprecio, sino inconsciencia.

El verdadero desafío está en aceptar esta realidad sin convertirla en un motivo de sufrimiento permanente. Recuperar el valor de uno mismo más allá del rol de padre o madre es una forma de sanar. Comprender que el amor no se mide en reciprocidad inmediata, sino en la paz interior que deja haber dado lo mejor de uno mismo.

El amor no depende del reconocimiento, sino de la certeza de haber cumplido con el deber de amar sin condiciones. La conexión entre padres e hijos puede cambiar, pero nunca desaparece por completo. Y aunque a veces la distancia parezca definitiva, el amor silencioso sigue estando ahí, esperando el momento en que pueda volver a expresarse.

Josefina Mateos Madrigal

29 de abril de 2025

 

domingo, 12 de mayo de 2024

LA EVOLUCIÓN A TRAVÉS DEL TIEMPO


LA EVOLUCIÓN A TRAVÉS DEL TIEMPO

Me pregunto a veces si nuestros ancestros y sociedades primitivas eran más inteligentes y listos que la generación actual. Ellos no tenían los medios ni las tecnologías de las que se disponen ahora. Su vida era sobrevivir en un medio hostil, lleno de peligros acechando a cada momento. Estaban rodeados de animales peligrosos, tribus enemigas, naturaleza salvaje. No podían cometer ningún error porque ello les podía costar la vida, y a veces a su grupo. Supieron hacer armas para defenderse, utensilios para cazar y pescar, herramientas para construir refugios donde guarecerse de las inclemencias del tiempo y murallas para protegerse. Se orientaban en medio de un bosque, una montaña o en un sitio desconocido, por las estrellas, la luna o el sol. Sabían pronosticar el tiempo porque leían señales del cielo, podían predecir el clima observando la forma, el color y el movimiento de las nubes, las estrellas y la luna. El comportamiento de las aves, su migración y canto, podía indicar cambios en las estaciones o la aproximación de una tormenta. La conducta de los insectos, como las hormigas construyendo sus montículos o las abejas recolectando polen, podía ser un indicador de las condiciones climáticas inminentes. Mi suegro tenía una mula y un burrito y decía: “va a haber tormenta porque la mula está sudando”. Mi suegra sabía que cuando las piedras del portal lloraban, es decir que estaban húmedas, se avecinaba lluvia. Cuando yo era pequeña, mi madre decía que iba a llover o a cambiar el tiempo si la chimenea de la cocina olía a hollín. Igualmente si la campana extractora de la cocina me huele a grasa es que llueve en unos días. Si está nublado y veo a los pájaros volar alto es que va a llover.

También conocían las plantas y las hierbas curativas y las venenosas. Es cierto que las generaciones antiguas tenían un conocimiento profundo del mundo natural que les rodeaba. Eran observadores atentos de los patrones y señales en la naturaleza, lo que les permitía predecir el clima, encontrar su camino y buscar recursos.

Estas habilidades de observación y conocimiento de la naturaleza eran esenciales para la supervivencia y el éxito de las generaciones pasadas. Aunque en la sociedad moderna muchas de estas habilidades se han perdido o se han vuelto menos relevantes debido a la tecnología y la urbanización, aún hay mucho que aprender y apreciar del conocimiento ancestral sobre el mundo natural

Las generaciones primitivas estaban muy unidas por lazos de parentesco. Su estructura era simple. El grupo le dirigía quien estaba más preparado, el que demostraba que podía guiarles y protegerles. Normalmente eran los ancianos quienes tenían más experiencia y los demás no osaban revelarse contra ellos. Se regían por el derecho natural y consuetudinario, no tenían constituciones ni leyes absurdas como las actuales, todo era para beneficiar a la tribu o a la población, y no para prohibir y multar. Protegían y cuidaban a los más débiles sin abandonarles a su suerte. Todos eran iguales y aportaban al grupo lo mejor de cada uno. Su fin primordial, aparte de sobrevivir, era su espíritu, el más allá, el respeto a la memoria de sus ancestros y su comunicación con ellos.

Su cultura eran sus danzas, sus divinidades que les proporcionaban todo para vivir, el sol, el agua, la tierra. Sus cuadros eran las escenas de caza pintadas en las piedras de una cueva. Se fabricaban sus propias joyas y amuletos con piedras y huesos.

La sociedad actual es más compleja, hay jerarquías e instituciones que gobiernan a la población, no es que te protejan y te cuiden, como debería de ser, por eso pones tu confianza en que así sea, pensando que eliges a los mejores preparados para ello. Muchas veces en vez de protegerte te conducen directamente al precipicio.

Las sociedades modernas han logrado avances tecnológicos impensables hace pocos años, tanto han avanzado que no estamos seguros de poder sobrevivir a ellos. No sabemos si despertaremos cuando nos vamos a dormir, debido a las guerras que han originado los gobiernos, que en cualquier momento pueden apretar el botón rojo y llevarnos a un desastre nuclear.

En cuanto al desarrollo cultural e intelectual de las sociedades primitivas aunque limitado, no era nulo porque si estamos aquí y hemos progresado es porque ellos consiguieron transmitirlo oralmente, comenzaron a desarrollar la pintura, escultura, música, escritura. La sociedad actual dispone de nuevas tecnologías, que serían inimaginables en el siglo pasado.

La inteligencia de las generaciones antiguas se manifestaba de manera diferente a la de hoy. Ellos tenían una inteligencia práctica y una sabiduría profunda sobre su entorno, que les permitía sobrevivir y adaptarse a condiciones a menudo difíciles. Su conocimiento del mundo natural, las habilidades de supervivencia y la capacidad de vivir en armonía con su entorno eran cruciales para su supervivencia.

En la actualidad, la inteligencia se manifiesta a través de la innovación tecnológica, la resolución de problemas complejos y la capacidad de manejar información a gran escala. Aunque las habilidades de supervivencia básicas pueden no ser tan comunes, las intelectuales modernas permiten a las personas crear soluciones a problemas que las generaciones anteriores nunca enfrentaron.

Ambas formas de inteligencia son valiosas y han jugado un papel importante en la evolución humana. Las generaciones antiguas sentaron las bases para que las futuras pudieran construir y avanzar. Es un legado de adaptabilidad y aprendizaje continuo que nos ha llevado a donde estamos hoy,

¿Somos más inteligentes y más listos que las generaciones primitivas? Yo creo que no, porque si un día hubiese un apagón muchos no sobrevivirían. 

Como dijo Charles Darwin “Las especies que sobreviven no son las más fuertes ni las más rápidas ni las más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor al cambio.

Josefina Mateos Madrigal,

11 de mayo de 2024


 

jueves, 18 de abril de 2024

“DIOS TE BENDIGA, EL PODER DE UNA SIMPLE FRASE”


 

“DIOS TE BENDIGA, EL PODER DE UNA SIMPLE FRASE”

Siempre había leído y escuchado de lo bueno que es Bendecir. Es sentirse agradecido por los bienes y los dones que Dios, la vida y el Universo nos regalan cada día, es multiplicar la abundancia y la protección tanto al que bendice como al bendecido. Lo que encierran esas palabras son algo más, es un sentimiento, es un estado de bienestar, alegría y paz espiritual que no se puede explicar. Estamos transmitiendo y dando lo que más necesita el que recibe la bendición, sin nosotros saberlo. En la vida cotidiana, es común escuchar la frase "Dios te bendiga" en diferentes contextos. Ya sea al despedirse de alguien, al saludar a un amigo o simplemente como una expresión de buenos deseos, estas palabras tienen un significado profundo que va más allá de lo superficial.

La palabra "bendición" se refiere a un acto o palabra que invoca la protección y el favor de Dios sobre alguien. Al decir "Dios te bendiga", estamos deseando que esa persona reciba las bendiciones y el cuidado divino en su vida

Un día lluvioso de invierno, donde unas nubes oscuras y plomizas cubrían el cielo, fuimos a comprar a un gran supermercado. Aparcamos el coche y al bajar se nos acercó un chico joven que estaba vendiendo o dando unas pequeñas linternas a cambio de un euro, estaba mojado y la gente no le hacía caso y pasaba de él, parecía invisible a los demás. Cuando nos vio vino hacia mi marido y hacia mi ofreciendo las linternitas. La lluvia caía muy finamente, lloviznaba y hacía frío. Me dio mucha pena, nos dijo que no tenía trabajo, por aquel entonces estaba muy mal encontrarlo. Nos dio dos linternas y le dimos unos euros. Le dije que no hacía falta que nos diera las linternas, no las necesitábamos, que esas mismas linternas se las vendiera a otras personas y así podía sacar más dinero. Él se empeñó que nos las llevásemos. Le miré a los ojos, unos ojos que trasmitían bondad, me resultaban familiares, yo esa cara la había visto en algún lugar. Cuándo se estaba marchando le dije “Dios te bendiga”, en aquel momento un rayo de sol travesó las nubes, que por unos segundos se retiraron y dejó de llover. El chico se dio la vuelta, me miró, sonrió y me dijo: ¿ha visto eso? Me quedé parada con una sensación de paz y alegría que no sé cómo describirlo, mientras unas lágrimas de gozo recorrían mis mejillas Unos minutos antes le pedí a Dios que me diese una señal que existía. Cuando salimos del supermercado el chico ya no estaba.

Hemos vuelto a comprar muchas veces y nunca volvimos a ver a esa persona. Fue la primera y la última vez. Este hecho le recuerdo como algo especial que nos sucedió un día frío y lluvioso.

Decir "Dios te bendiga" no solo es una forma de expresar buenos deseos, sino que también puede tener un impacto emocional profundo en quien lo recibe. Estas palabras pueden brindar consuelo, esperanza y fortaleza en momentos difíciles, recordándonos que no estamos solos y que hay una fuerza superior que vela por nosotros.

En resumen, la frase "Dios te bendiga" va más allá de ser una simple expresión de cortesía. Es un recordatorio del amor divino y la protección que nos rodea en todo momento. Al utilizar estas palabras con sinceridad y corazón abierto, podemos transmitir esperanza, consuelo y bondad a quienes nos rodean.

Josefina Mateos Madrigal

18 de abril de 2024

lunes, 11 de marzo de 2024

ES MÁS FÁCIL VER LA PAJA EN EL OJO AJENO QUE LA VIGA EN EL PROPIO


 

"SIEMPRE ES MÁS FÁCIL VER LA PAJA EN EL OJO AJENO QUE LA VIGA EN EL PROPIO". Con mucha facilidad nos damos cuenta de los defectos ajenos, cuando los nuestros pueden ser mayores.

El que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo (El Quijote II 43).

Se trata de una frase bíblica (San Mateo 7, 3-5; San Lucas 6, 41). Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano. Para qué miras la paja en el ojo ajeno, y no consideras la viga en el tuyo propio. Médico cúrate a ti mismo.

San Pablo dijo: No tienes excusa o juez, porque lo que a otros juzgas, a ti te condenas.

No juzgues y no serás juzgado.

Qué fácil es criticar lo que otros dicen o hacen. Cuánta hipocresía hay y cuán hipócrita son algunos. Recuerda que antes de criticar es mejor usar un espejo y no una lupa.

NO HAY QUE RASGARSE LAS VESTIDURAS, que es lo mismo que reaccionar de una forma exagerada ante lo que otros hacen, cuando tu actúas de una manera hipócrita.

Un ejemplo es lo que narro a continuación.

El otro día nos despertamos con una noticia muy triste la muerte de una joven en un accidente de coche y en el que otras dos personas resultaron heridas de gravedad, uno de ellos murió a las pocas horas. Alguien que pasaba en ese momento por la carretera sacó un video, dicen que fueron unos menores que iban a una excursión, en el se veía los servicios de emergencia, y de la guardia civil, un helicóptero, ambulancias y los dos coches que se habían pegado de frente, pero no se veía las matrículas ni nada que pudiese identificar a quien correspondían ni a las personas que iban en ellos. Este vídeo empezó a correr por las redes de Internet y al poco tiempo apareció la noticia en periódicos y televisiones. Hasta ese momento no se sabía quiénes eran los implicados. Los hay que han nacido sabiendo cosas antes de nacer ¡que listos son! deben de tener un don especial. Nada se decía de dónde y quienes eran los que habían tenido el accidente. Estos iluminados y adivinos empezaron a hacer comentarios en las publicaciones que habían aparecido en Facebook como que ese vídeo había que quitarlo por respeto a los familiares. Otros que era muy doloroso ver estas cosas y que se deberían de quitar. Que no deberían subirse estos vídeos porque es  una pena para la familia. Varias personas se metían con la música que se escuchaba de fondo y se había grabado al mismo tiempo, pedían que se eliminase la música y de paso el vídeo. Alguno más comentaba que ya la noticia era bastante trágica para retransmitirla y que no les gustaba que se hubiese hecho. Unos se copiaban a otros y repetían una y otra vez que se quitase el vídeo por respeto a la familia. Para colmo y morbo preguntaban qué quienes eran y si se conocía a la familia.

Hubo personas que se molestaron porque subí a mi grupo, del que soy administradora, y lo forman miembros de todas partes del mundo, dos fotografía del domingo de carnaval, cosa que hago todos los días para que la gente que no ha estado allí y las personas que han participado en el desfile puedan verlas. Los hay que se han sentido ofendidos hasta llegar a decirme que Cebreros no estaba para carnaval, que era inapropiado en estos momentos, que mis publicaciones podían esperar unos días y que los carnavales habían finalizado hacía más de 15 días. Que la gente a cuenta del accidente no pensaba en eso (fotos) porque había que tener un poco de compasión, por la fallecida y por los familiares. Yo digo que si tanto le afectaba que pusiese fotos de carnaval ¿Por qué se metió a verlas? Algunos se parecen a la vieja del visillo que solo están en el grupo para ver que pones o que dicen y de paso criticar lo que haces. Lo hagas bien, o lo hagas mal, criticar es lo suyo.

Siento mucho todo lo sucedido y más cuando pasan desgracias como esta por el dolor que produce la muerte de una persona joven, y de esa forma tan trágica. Ha pasado otras veces que ha habido accidentes y han muerto personas conocidas y nadie ha comentado nada al respecto. Los bomberos y la Agencia de Seguridad han subido videos y nadie ha criticado. Basta que uno comente algo para que otros como corderitos digan lo mismo.

Josefina Mateos Madrigal

11 de marzo de 2024

viernes, 9 de junio de 2023

¿POR QUÉ GRITAN LAS PERSONAS CUANDO HABLAN?


Que desagradable es cuando hablas con una persona y poco a poco va elevando el tono de voz hasta terminar gritando, y no es porque sea sorda, es porque su forma de comunicarse es así. El otro día me pasó eso con unos familiares con los que estábamos hablando, nada menos que en un hospital, en medio de la conversación empezaron a hablar tan alto que gritaban, nos callamos a ver si dejaban de vociferar porque no queríamos llamar la atención y menos en el sitio que estábamos. Como dijo el escritor español Noé Clarasó “Muchos gritan y discuten hasta que el otro calla. Creen que les han convencido. Y se equivocan siempre”.

A veces cuando conversas con algunas personas en vez de hablar con el mismo tono de voz que tú lo haces te contestan a voces, te gritan, te hacen sentir mal como si fueses culpable de algo, no entiendes esa reacción suya. Creen que así se hacen comprender mejor, que tienen más razón en lo que te están diciendo. Uno se siente atacado y agredido, si el interlocutor también eleva el tono de voz, puede llegar a perder los papeles y la conversación terminar mal. Gritar, chillar o hablar muy alto es una forma de agresión. El literato y poeta italiano Arturo Graf dijo “El saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan”.

Algunas personas gritan cuando hablan, una forma de llamar la atención, algunas veces para expresar emociones fuertes, como enojo, miedo, alegría o sorpresa. Tenía unos amigos que estando paseando por la calle, solo con oírles de lejos sabíamos quiénes eran, no hacía falta verles porque sus voces se escuchaban a distancia, ya fuese hablando entre el matrimonio o con otras persona. Lo peor era cuando te veían en el supermercado y te llamaban, no tenías escapatoria, todos los que estaban comprando a tu lado se daban la vuelta a ver a quién gritaban o quién se estaba peleando. Te hacían pasar vergüenza porque parecía que te reñían. Era su forma de expresarse, a voces.

Otras personas gritan cuando hablan para hacerse escuchar en un ambiente ruidoso, como en una fiesta, un concierto, ahí pierdes hasta la voz, la garganta te pica y te desgañitas hasta quedarte afónico. Pero este no es el caso al que me refiero.

Hay personas que gritan cuando hablan, lo hacen para dominar o intimidar a los demás, para ejercer poder y causar miedo. Ese es otro problema añadido a la conversación, con los que no se debe perder el tiempo. Mark Twain, decía “No discutas con un necio, la gente podría no notar la diferencia.

Los gritos no son saludables en las relaciones, de hecho rompe las comunicación y la cercanía de las personas. Las voces activan una señal de alarma en nuestro cerebro que nos hace prestar más atención a lo que dice la persona que grita. Sin embargo los gritos también pueden ser perjudiciales para las relaciones, ya que pueden generar estrés, ansiedad o resentimiento en quien los recibe. Por eso como decía George Carlin “No discutas con un idiota, te hará descender a su nivel y allí te ganará por experiencia.

Los gritos solo indican que hay inestabilidad emocional en la persona que sube el volumen de su voz. Grita porque quiere mostrarse más fuerte de lo que es e intenta ejercer dominio sobre la situación. Sin embargo lo que muestra es que no tiene suficiente control ni siquiera sobre sí mismo.

Los especialistas afirman que se debe tener en cuenta que los gritos generan malestar emocional, disparan los niveles de cortisol, que es la hormona relacionada con el estrés y, por lo tanto, no permite a las personas pensar claramente.

Gritar es algo que muchas personas hacen y por supuesto, puede convertirse en una acción bastante tóxica en las relaciones humanas. No por gritar mucho se tiene más razón.

Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse.

Muchas personas tienen el hábito de hablar a voces, lo que puede resultar molesto e irrespetuoso para los demás. Si quieres que la gente deje de hablar a voces, puedes seguir estos consejos:

- Sé un ejemplo. Si hablas en un tono moderado y tranquilo, estarás transmitiendo un mensaje de respeto y cortesía. Además, podrás escuchar mejor lo que te dicen los demás y evitar malentendidos.

- Expresa tu incomodidad. Si alguien está hablando a voces y te molesta, puedes decirle de forma educada y firme que baje el volumen. Por ejemplo: "Disculpa, ¿podrías hablar más bajo? Es que me cuesta concentrarme con tanto ruido". No le grites ni le faltes al respeto, sino hazle ver que su actitud te afecta negativamente.

- Fomenta el diálogo. A veces, algunas personas hablan a voces porque se sienten ignoradas o incomprendidas. En ese caso, puedes tratar de escucharlas con atención y empatía, y hacerles preguntas o comentarios que demuestren tu interés. De esta manera podrás establecer una comunicación más fluida y respetuosa, y evitar que se alteren o se pongan a la defensiva.

Josefina Mateos Madrigal

8 de junio de 2023