Llegó y pasó
la Semana Santa. La alegría se veía en las caras. Por la tarde tendríamos la
limonada para ir al bolo con la cantimplora y la bolla. Yo miraba a mis amigas
y pensaba que, con la Resurrección, se había ido aquella pena que apretaba el
pecho, esa sensación de haber hecho algo malo sin saberlo, de creer que era
responsable del sufrimiento de Jesús. Me dolía imaginar que yo le había causado
daño y que le habían crucificado por mi culpa. Pensar en su madre llorando me
hería aún más. Entonces pensaba en la mía, y se me encogía el alma.
Quería
cumplir con lo que nos enseñaban, con lo que mandaba el catecismo: confesar y
comulgar. Pero, cuando entraba en el confesionario, me quedaba en blanco. Por
más que pedía claridad para recordar alguna falta, no encontraba nada. Quería
muchísimo a mis padres, iba a misa casi todos los días, no mentía porque no me
gustaba hacerlo —además, no sabía— y no tenía celos de nadie… salvo un poquito,
cuando veía a otras niñas pasear con sus padres, recibir abrazos y besos, o
llevar amigas a casa para jugar. A mí no me dejaban porque decían que se
ensuciaban las escaleras.
También
pensaba que, si mis padres no confesaban y comulgaban, se iban a condenar, y yo
no quería que nos separaran cuando muriésemos. Les rogaba que fuesen a
confesarse porque quería estar siempre con ellos. Aquello me llenaba de temor.
Nunca había
robado ni se me ocurría hacer daño a nadie. Ni siquiera a una mosca, aunque
cuando molestaban cogía el sacudidor y, golpe va y golpe viene, al final caían.
Al entrar en
la iglesia teníamos que ponernos un velo cubriéndonos la cabeza. El mío era
azul claro, como el cielo. Era el único de ese color; las demás lo llevaban
negro. Qué bonito era mi velo y qué orgullosa y guapa me sentía con él. Me lo
había comprado mi madre en Madrid.
La iglesia
estaba casi a oscuras, porque en aquellos años había poca luz. Esa penumbra
hacía que todo fuese más serio. Yo me sentaba en el lado izquierdo, con las
demás niñas. Los niños iban a la derecha. Desde la escuela nos llevaban juntas,
y por el rabillo del ojo buscaba a los chicos con los que jugaba. Cuando alguno
nos gustaba, decían que era nuestro novio, pero no lo eran: solo amigos. Cada
una tenía su preferido, como si no pudiéramos fijarnos todas en el mismo.
Ellos, en realidad, pasaban de nosotras; solo querían jugar al fútbol. Nosotras
jugábamos a la comba y al corro, aunque alguna vez venían a jugar a príncipes y
princesas. A lo mejor era pecado. Había que confesarlo.
En la
iglesia siempre había alguien vigilando para que nadie se colara en la fila del
confesionario, una maestra o alguna beata. Cuando se acercaba mi turno, me
entraban los temblores. No por haber hecho algo terrible, sino por no saber qué
decir. “Y si me olvido de algo… y si es importante… y si me condeno.” Qué miedo
daba. Hasta que el sacerdote me mandaba rezar tres padrenuestros y podía salir
otra vez a la luz del día. Aquello era un descanso.
La verdad es
que yo no tenía miedo a pecar, porque no quería hacer el mal y siempre pensaba
en ser buena y agradar a Jesús. El miedo de verdad llegaba cuando me tocaba
confesar. Cuando la que estaba delante de mí entraba en el confesionario, ya
sabía que detrás iba yo, y ahí las piernas me empezaban a temblar. Aquello de
ponerse de rodillas, abrir la rejilla y empezar diciendo “Ave María Purísima”
era muy fuerte; de los mismos nervios se me olvidaba qué decir.
Qué difícil
era confesarse y qué angustia se pasaba allí dentro. Pero, cuando terminabas,
se te quitaba un peso del pecho, todo se sentía más ligero y con más luz.
Josefina
Mateos Madrigal
19 de abril
de 2026




