Memorias de un Domingo de Resurrección en Cebreros y la fiesta de la limonada.
Hay
recuerdos que no vuelven, pero siguen vivos en el cuerpo, como un olor que
despierta de pronto o una luz que regresa sin avisar. Hubo un tiempo en que una
simple merienda podía ser una aventura, y una cantimplora roja colgada del
hombro bastaba para creer que el mundo era enorme. A veces basta un objeto
pequeño para abrir una puerta entera de recuerdos; en mi caso fue aquella
cantimplora ligera como un juguete y seria como un tesoro. Bastaba una bolla
envuelta en papel y el permiso de mi madre para caminar unos metros más allá.
Así empezaba la fiesta de la limonada, y así empezó también mi manera de mirar
la vida, con la sensación de que todo estaba recién estrenado.
Esa mañana
de domingo, El Niño Perdido se había encontrado con su madre en la carretera,
detrás de la Iglesia Vieja. No estaba perdido: había muerto y, después de tres
días, había resucitado. Qué forma de repicar las campanas; parecía que iban a
salir volando. Transmitían alegría y gozo. Todo se veía distinto, los colores
brillaban más y la gente tenía otra cara, como si se les hubiera levantado del
pecho esa pena silenciosa que pesa tanto.
Terminada la
procesión y la misa empezaba la fiesta, la de la limonada. Cuando llegué a
casa, mi padre la estaba preparando. Vino tinto, agua, limón y azúcar. Parecía
un ritual. Mi madre, a su lado, era como un director de orquesta: —Echa más
azúcar, que sabe mucho a limón. Ponle más agua, que está fuerte para la niña.
A mí me
había comprado una bolla para la merienda. Era lo típico del Domingo de
Resurrección, y la fiesta se alargaba al lunes y al martes.
Todos los
años me dejaban ir con mis amigas hasta El Bolo, allí donde la Virgen se había
encontrado con su Hijo, donde terminaba el pueblo y empezaban las viñas. No
distaba mucho de mi casa, unos 300 o 400 metros, pero para mí era una aventura.
Ese año, además, nos dejaban ir más lejos, hasta El Mancho, a la casa de la tía
de una de mis amigas. Iban también los chicos de la calle. Aquello iba a ser el
no va más. La primera vez que me dejaban ir tan lejos, aunque no llegara ni al
kilómetro.
Cada una
llevaba su bolla y su limonada como podía, en un botellín, en una botella de
gaseosa o en una cantimplora. No todo el mundo podía presumir de cantimplora.
La mía me la habían comprado en el mercadillo de la plaza. Era pequeña, de
plástico rojo con el tapón azul. Qué bonita me parecía. No tendría más
capacidad que una taza de leche, de esas en las que desayunaba mis sopas de pan
con la leche de cabra que vendía la “tía Eugenia”.
La jornada
prometía. Llevábamos una cuerda para jugar a la comba y alguna pelota. Yo iba
feliz con mi merienda, la cantimplora colgada del hombro y la bolla en un
pequeño bolso. Mi madre salió a despedirme como si me fuera a la guerra: —Ten
cuidado. A ver si te vas a caer. No te retires de la casa ni de tus amigas. Ponía
esa cara entre angustia, miedo, pena y preocupación que yo no podía resistir.
Y, claro, me
metió miedo. Ya pensaba en el hombre del saco, en que me iban a raptar, en que
no la volvería a ver. Pobrecita mi madre, qué
sería de ella sin mí. Se me quitaron las ganas de ir. Qué mal, me sentía culpable por
dejarla así.
Hacía un sol
radiante. El campo estaba verde y todo parecía nuevo. Olía a primavera y a
flores. Me sentía feliz, aunque acordándome de mi madre. Merendamos y jugamos
hasta que una de las amigas empezó a encontrarse mal. Como estábamos al lado de
la casa de la tía de una de las chicas, fuimos a llamarla. Nosotras no sabíamos
qué le pasaba; pensábamos que se moría. ¡Qué disgusto!.
La tía lo
solucionó con un café puro: “a ver si vomita y se le pasa”. ¿Qué le había
ocurrido? Muy sencillo, su padre no hizo limonada y le habían echado vino puro,
del que tenían en casa, ese que preparan todos los años con las uvas de la
vendimia y que suele tener muchos grados. Se había embriagado sin querer. Yo no
pensaba que eso pudiera suceder a una niña.
¡Dios mío,
qué susto! Qué impotencia verla tumbada en el suelo, sin moverse. Todas en
silencio, nadie se atrevía a hablar, pensando que si se moría ¿Cómo decírselo
a su madre? ¿Cómo podía ponerse tan mal bebiendo un poco de vino? Cada uno que
piense lo que quiera, pero nos arruinó el día… y la fiesta de la limonada.
Aquel
sobresalto no consiguió borrar la emoción de sentirnos mayores por un rato. De
todo aquello me quedó algo más que una anécdota, la certeza de que incluso los
momentos torcidos guardan un brillo propio. El de la limonada un poco fuerte,
el de la bolla, el del sol de abril… y el de la niña que fui, mirando el mundo
como si todo estuviera empezando.
Hoy, cuando
lo recuerdo, me sonrío, qué poca limonada hacía falta para sentirnos libres, y
qué poco vino para que una tarde se nos fuera de las manos. Así era la vida
entonces, sencilla, intensa y siempre sorprendente, con un sabor dulce que
todavía permanece. Y ya nadie lleva una cantimplora roja colgada del hombro.
Josefina
Mateos Madrigal
26 de abril
de 2026




