domingo, 29 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS: ENTRE LA HUMILDAD Y MIS RECUERDOS DE NIÑA


El Domingo de Ramos siempre tiene algo especial: una mezcla de alegría, ternura y humildad que toca incluso a quienes no son especialmente religiosos. La imagen de Jesús entrando en Jerusalén montado en un borrico —no en un caballo de guerra, sino en la sencillez más radical— es un gesto que habla por sí solo. Simboliza muchas cosas: la humildad absoluta, un triunfo distinto hecho de cercanía y compasión, un pueblo que reconoce la bondad y el inicio de un camino profundo que marca toda la Semana Santa. Quizá por eso, cada año, este día nos invita a mirar la vida desde lo sencillo, lo auténtico, lo que no necesita imponerse para ser grande.

 

Cuando era pequeña, mi madre siempre me compraba algo para estrenar. En el pueblo se decía: “Domingo de Ramos, el que no estrena no tiene manos”. Yo me lo tomaba tan en serio que llegué a pensar que, si no estrenaba algo, se me caerían. Luego venía el gracioso con aquello de “y el que estrena se condena”, pero por si acaso, yo estrenaba aunque solo fueran unos calcetines. Detrás de esa costumbre había mucho más: la celebración de la primavera, el cariño de las madres, un juego social entre broma y superstición y, para los niños, la sensación de estrenar el mundo.

Ese domingo se acudía a misa con ramos para su bendición, que luego se colocaban en ventanas, balcones o puertas como señal de protección. Las palmas bonitas solo las llevaba la gente pudiente. Eran preciosas, auténticas obras de arte, y los demás las mirábamos con sorpresa y un pellizquito de envidia inocente. La mayoría llevábamos laurel u olivo, lo que daba la tierra.

 

Otra tradición era subir al Castrejón y a los Pinillos a por unas plantas llenas de pinchos que llamábamos carracas. Los chicos iban el día antes, en cuadrilla, como si fueran exploradores. En misa, cuando el cura bendecía, todos agitábamos las carracas a la vez. El ruido era tal que tenía que mandarnos callar y ordenar que las dejáramos en el suelo. Era un momento glorioso para cualquier niño.

Lo peor venía después. Al salir, aquello se convertía en una batalla campal. Si te pillaba un grupo de niños, te pinchaban con las carracas en las piernas. Cómo picaban. Se te ponían rojas, salían granitos… Ese día era mejor no salir a la calle o correr sin mirar atrás. ¡Qué tiempos! ¡Duelen y acarician a la vez!.

 

La Semana Santa transmitía recogimiento y silencio, aunque el ambiente siguiera siendo festivo. Se notaba la primavera, el buen tiempo. Pero a partir de ese domingo, algo cambiaba. Llegaban días de meditación y oración. El tiempo parecía detenerse. La gente hablaba despacio, como si elevar la voz pudiera ofender. En la iglesia todo se volvía más oscuro, más solemne, retablos, santos y altares se cubrían de telas moradas. Incluso yo, siendo niña, sentía un peso en el pecho, una tristeza que no entendía del todo pero que estaba allí, flotando en el aire. La Semana Santa en los pueblos no era solo liturgia: era un estado del alma.

 

Y aun así, había belleza: el olor a tierra mojada, las primeras flores, la ropa nueva, las procesiones solemnes y la sensación de formar parte de algo grande y compartido.

 

No me olvido del potaje de los viernes. Comer carne era pecado; solo los que tenían bula podían hacerlo. Los enfermos estaban libres de pecado y otros la compraban. Unas vecinas de enfrente tenían bula. Yo no lo entendía muy bien eso de tener bula; solo sé que a mí ese plato no me gustaba. Ahí estaba todo mezclado: judías, garbanzos, arroz, bacalao y, flotando, esas hojas verdes que me daban arcadas. Ese día, ayunaba. Lo bueno eran las torrijas. Qué ricas… y qué poco duraban.

 

Al final, cada Domingo de Ramos vuelve a traerme estos recuerdos: humildes, sencillos, llenos de vida. Pequeñas cosas que, sin saberlo, nos fueron construyendo. Hoy, cuando llega este día, no puedo evitar volver a aquella niña que estrenaba calcetines, corría del pinchazo de las carracas y soñaba con las torrijas. Qué sencillo era todo, y qué grande me parece ahora. Quizá por eso este día sigue emocionándome: porque une la fe, la tradición y la memoria. Y porque, de algún modo, todos seguimos estrenando algo cada Domingo de Ramos.

 

Josefina Mateos Madrigal

29 de marzo de 2026

 

 

viernes, 20 de marzo de 2026

LA SEMILLA QUE DESAFÍA AL FINAL

Árbol en primavera

“Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”. Aunque la frase suele atribuirse a Martin Luther King Jr., no existe evidencia concluyente de que la pronunciara. Algunos la vinculan incluso a la tradición de la Reforma protestante. Sea cual sea su origen, su mensaje encaja con una ética de resistencia pacífica y esperanza activa.

 

La imagen de plantar un árbol funciona como símbolo de cuidado, futuro y responsabilidad. No invita a negar la realidad, sino a afirmar que incluso en el borde del abismo existe espacio para un gesto que construye. Es una ética de la acción, no de la resignación.

 

En un mundo saturado de urgencias, (climáticas, sociales, espirituales), esta frase nos recuerda que la desesperanza también es una elección. Frente a la tentación del cinismo y la sensación de que “ya es tarde”, propone otra vía: hacer lo que está en nuestras manos, aunque parezca pequeño. Los cambios duraderos suelen nacer de actos modestos.

 

Plantar un árbol en vísperas del fin no es ingenuidad, sino valentía. Es elegir la vida frente al miedo, la responsabilidad frente a la indiferencia. Es un gesto humilde y, a la vez, profundamente subversivo: afirma que la vida merece ser cuidada aunque no podamos garantizar su futuro. El sentido no depende del resultado, sino del compromiso.

 

Desde una mirada ecológica, plantar un árbol es restauración y reparación. Desde una mirada filosófica, es resistencia frente al nihilismo. Desde una mirada espiritual, es un acto de fe: fe en la continuidad, en la comunidad humana, en la posibilidad de que otros —aunque no los conozcamos— reciban la sombra que nosotros no veremos.

 

En momentos de crisis global, la lógica nos dice que, ante un final inevitable, el esfuerzo carece de sentido. Pero esta frase propone una rebelión silenciosa: actuar aunque el mañana sea incierto. Para King, la justicia y el bien no eran transaccionales; no se hacen las cosas correctas por el beneficio que puedan traer, sino porque son lo correcto. Plantar un árbol frente al apocalipsis es una declaración de principios.

 

El miedo tiene la capacidad de paralizarnos. Cuando creemos que “ya nada importa”, dejamos de habitar el presente. Plantar ese árbol es recuperar nuestra capacidad de actuar, afirmar que mientras respiremos podemos añadir algo de belleza o valor al mundo. Es una victoria sobre el miedo.

La cita nos obliga a traer la urgencia al hoy. Si el mundo terminara mañana, el “hoy” sería el escenario más importante de nuestra existencia. El árbol se convierte entonces en un símbolo de esperanza que trasciende el tiempo lineal: la eternidad contenida en un gesto.

 

El árbol no es solo madera y hojas; es una metáfora de nuestra voluntad. Representa la fe en que el bien tiene un valor intrínseco que ni siquiera el fin del mundo puede borrar. En un mundo que a veces parece desmoronarse, la invitación sigue vigente: busca tu semilla, encuentra tu tierra y empieza a plantar.

 

No plantamos por el fruto, sino por la dignidad de haber hecho algo hermoso mientras estuvimos aquí.

 

Quizá el mundo termine mañana, pero hoy sigo teniendo manos. Y mientras las tenga, seguiré plantando aquello que dé sombra, vida y sentido. Porque la dignidad humana no se rinde ni ante el último amanecer. Plantar un árbol cuando todo parece perdido es confiar en que la vida tiene un pulso más profundo que el miedo, una fe que trasciende el tiempo y el resultado. Cada semilla puesta en la tierra es una victoria silenciosa, no plantamos por el fruto, sino por la belleza de haber hecho algo verdadero mientras estuvimos aquí.

 

Josefina Matetos Madrigal

 

20 de Marzo de 2026