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jueves, 21 de mayo de 2026

EL TAZÓN DE SOPAS DE LECHE


Hay recuerdos que no vuelven como escenas sueltas, sino como un olor, una luz, un gesto. A veces basta imaginar el vapor de un tazón para que regrese entera una infancia: la cocina, la madre, el miedo, la ternura, la vida sencilla y dura de aquellos años. Este es uno de esos recuerdos.

 

Desde pequeña desayunaba sopas de leche. La leche era de cabra, la traía cada mañana la “tía Ugeña”, mejor dicho, la señora Eugenia, que recorría las casas con su cántara y su paso tranquilo. Las sopas se hacían con el pan del día anterior, y aunque hoy las recuerdo como un manjar, en aquella época no me parecían nada especial. Pero mi madre me las preparaba con tanto cariño antes de ir a la escuela, que ahora, al evocarlas, casi puedo sentir el vapor subiendo del tazón.

 

En casa no se compraban galletas. Eso era para otros. Las vendían al peso, en bolsas de papel, y lo habitual era comprar cien gramos de las típicas galletas María. A veces me daban un realillo, aquella moneda ligera con un agujero en el centro que circulaba en los años cincuenta y sesenta. Y otras veces, cinco perras gordas para comprar churros, cada churro costaba una perra gorda, y con cinco ya tenía más que suficiente. Yo no era comilona; más bien flacucha, de poco apetito. Por eso siempre tenía anemia y me pinchaban inyecciones de hierro que dolían como demonios.

 

La encargada de pinchar era la señora Avelina. Creo que todos los niños le teníamos pánico solo con ver su sombra. A mí no me gustaba nada que me pinchase —siento decirlo—, yo la veía como una bruja, aunque en realidad era una buena mujer. Cosas de niños.

 

Su llegada a casa era todo un ritual. Nada más entrar pedía una silla y se ponía a charlar con mi madre, como si no trajera en su bolso el instrumento del terror. Luego pedía alcohol, algodón y una caja de cerillas. Ahí empezaban mis nervios, la tiritera, el temblor en las piernas.

 

Mi madre le llevaba un plato. Ella colocaba encima un algodón empapado en alcohol, encendía una cerilla y lo prendía. Cuando la llama empezaba a bailar, sacaba una cajita de metal alargada, hecha casi a la medida de las jeringuillas. La sujetaba con unas tijeras con forma de pinzas sobre el pequeño fuego, y el agua empezaba a hervir. Dentro iban las jeringuillas y las agujas. Había de varios tamaños; a mí me parecían enormes, más grandes que espadas o lanzas.

 

La luz tenue de la bombilla —que parecía más bien una vela— proyectaba sombras alargadas en las paredes de la cocina. Las llamas del algodón hacían que aquellas sombras se moviesen, crecieran, se retorcieran como si fuesen criaturas vigilantes. Yo no sabía si mirar o cerrar los ojos. Todo parecía más grande, más oscuro, más amenazante de lo que realmente era.

 

No recuerdo si afilaba las agujas antes o después de hervirlas. Pero sí recuerdo perfectamente cómo soplaba el instrumental para que se enfriara. Aunque a mí me parecía que el tiempo no le importaba nada, que su ritual iba siempre lento, eterno, como si cada gesto tuviera que cumplirse sin prisa.

 

Y entonces venía lo peor: las afilaba. Sí, como los afiladores de la calle. Les sacaba punta para que entrasen “mejor” en la carne. ¿Y con qué las afilaba? Con el raspador de la caja de cerillas. Yo abría los ojos cada vez más, sin saber si mirar o esconderme.

 

Cuando por fin terminaba y preparaba la jeringuilla, mi madre quería sentarme en sus rodillas, abrazarme fuerte para que no me moviese. Pero yo no quería. Yo insistía en ponerme de pie, firme, valiente, como si así pudiera controlar el miedo. Y era justo en ese momento, cuando menos lo esperaba, cuando… ¡zaca! Ya me había clavado la aguja. Siempre acompañada de un golpecito para despistarme. El líquido ardía al entrar.

 

Antes de irse, me dejaba un algodón impregnado en alcohol sobre el pinchazo, por si salía una gotita de sangre. Aquel algodón frío era como la última firma de su visita.

 

Al marcharse, decía siempre lo mismo: “Me quedan todavía enfermos por visitar.” Visitar… o meterles la banderilla, porque a mí ya me la había puesto.

 

Y entonces quedaba en la cocina un olor muy particular, inconfundible: no era azufre, era el olor del alcohol que había ardido mientras ella preparaba la inyección. Ese olor se quedaba flotando en el aire, mezclado con mi miedo, como si la escena se resistiera a desaparecer.

 

Hoy, cuando pienso en aquella niña flacucha que desayunaba sopas de leche y se enfrentaba de pie a las agujas de la señora Avelina, no siento pena. Siento ternura. Siento admiración. Porque en esa niña ya estaba la mujer que soy: observadora, resistente, sensible, capaz de convertir un recuerdo doloroso en una historia que aún huele a cocina antigua y a amor de madre.


Josefina Mateos Madrigal. 


21 de mayo de 2026


 

domingo, 5 de abril de 2026

DOMINGO DE RESURRECCIÓN, LA SONRISA QUE SIEMPRE ESPERABA.

Procesión del Domingo de Resurrección, 

Hoy, Domingo de Resurrección, las campanas vuelven a sonar con esa fuerza que solo tienen en los días grandes. Son campanas de alegría, de luz, de un pueblo que por fin respira después del peso silencioso de la Semana Santa. Atrás quedan la música grave de la banda, las calles semioscuras, el paso lento de las imágenes que parecían acompañar un entierro sin música.

 

Hoy todo renace.

 

Cuando era niña, este día tenía algo mágico. Todos queríamos ir a la procesión del Resucitado para ver reír a la Virgen en su encuentro con el Hijo. Salían por calles distintas y se encontraban detrás de la Iglesia Vieja, en la carretera del Burguillo, junto al Bolo. Ese momento era esperado por todos: madres, padres, niños subidos a hombros para no perder detalle. Yo nunca sabía con cuál ir, si con la Virgen o con el Niño.

 

Mi madre no venía conmigo; no recuerdo verla en las procesiones. Pero allí estaban las demás madres, guiando a sus hijos, contándoles que la Virgen sonreía justo cuando le cambiaban el manto: del negro del luto al blanco de la alegría. Yo, por más que miraba, nunca lograba ver esa sonrisa. Me decepcionaba un poco, pero siempre pensaba: el año que viene no se me escapa.

 

También me impresionaba el Resucitado. Le llamaban “el Niño”, pero tenía barba, y eso me confundía. Me imponía respeto, casi miedo, y no me atrevía a mirarle mucho a la cara. Tampoco entendía por qué no llevaba ropa, solo un paño. En el fondo me daba pena verlo así.

 

En aquel mismo lugar ponían bollas en las imágenes para los monaguillos. Las campanas no dejaban de sonar hasta que la Madre y el Hijo entraban en la iglesia. Entonces sí: la Semana Santa había terminado. Se acababan las cortinas moradas, el recogimiento, la seriedad. Todo volvía a llenarse de luz.

 

Yo sentía que había cumplido: había confesado, comulgado, asistido a misa y a los oficios. Quería seguir siendo una niña buena, que el Señor estuviese orgulloso de mí y me quisiera mucho. Y, por supuesto, el año siguiente volvería a intentarlo: ver reír a la Virgen, ese gesto que todos decían haber visto menos yo.

 

Hoy, tantos años después, sigo escuchando esas campanas como un recordatorio de que siempre hay un renacer posible. Que la luz vuelve. Que la alegría regresa. Que, de alguna manera, todos seguimos siendo aquella niña que esperaba no perderse el milagro.

 

Josefina Mateos Madrigal

5 de abril de 2026


 

viernes, 29 de octubre de 2021

LA COMPASIÓN



LA COMPASIÓN

La compasión es una cualidad del ser humano, un sentimiento de tristeza que produce el ver padecer a alguien y que impulsa a aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o a evitarlo. Nos humaniza y nos enternece. Nos impulsa a ayudar no solo a las personas que tienen necesidades sino a otros seres que están sufriendo, nos identificamos con ellos, con su dolor, su angustia, su fracaso. La persona sufre psíquicamente y físicamente. A veces se dice que te duele el alma de ver tanto dolor. Más intensa que la empatía, la compasión es la apreciación y la identificación en el sufrimiento del otro, cuando lo sentimos y lo vemos tratamos de aliviarlo. Una persona compasiva es incapaz de hacer daño a otro ser. Es el deseo y la acción de aliviar, reducir o eliminar la situación dolorosa.

Pienso que la compasión va unida a la empatía porque nos permite ponernos en el lugar del otro, eleva nuestro espíritu y nos abre la consciencia para evitar el sufrimiento y procurar la felicidad y el bienestar de los que lo están pasando mal. Es sentir a los demás como si fuésemos nosotros mismos, ponernos en el lugar del otro, “si te hiero, me hiero”.

Si algo necesita este mundo es la compasión, si algo puede cambiarlo es la compasión. Los países funcionarían mejor con un poco más de compasión, cuidado y amor. No habría guerra, no se haría daño porque todos somos hermanos y debemos ayudarnos mutuamente sobre todo cuando el otro, ser sufriente, lo necesita. Entre los elementos que más contribuyen a la felicidad está la compasión, que junto con la gratitud, el perdón y disfrutar de las cosas pequeñas que nos acompañan a diario contribuyen a la felicidad.

Olvídate de lo que das, o no des, es más honesto y no resta "tener compasión por los menos afortunados". El dar surge desde el amor mismo y es desinteresado. La compasión va unida a la bondad y a la humanidad. Reconfortar al sujeto ante el sufrimiento, entendiendo que el dolor primario es consustancial al ser humano. Si no hay ternura y amor no hay compasión hacia los demás, o hacia uno mismo.

La compasión es una emoción positiva que hay que cultivar y enseñar a nuestros hijos desde pequeños, ya que ayuda, no solo al que sufre, sino a ser mejor persona la que siente compasión por otro ser  especialmente cuando es un ser inocente e indefenso como son los ancianos, los niños y los animales maltratados y abandonados. La compasión no es debilidad el apóstol Pablo afirmaba que la compasión es «reír con los que ríen y llorar con los que lloran». El ser humano puede tener inteligencia, riqueza, bienes, amigos, pero si no tiene compasión y caridad no tiene nada.

Josefina Mateos Madrigal

28 de octubre de 2021


 

lunes, 2 de agosto de 2021

SI ALGUNA VEZ OLVIDO QUIÉN SOY


 SI ALGUNA VEZ OLVIDO QUIÉN SOY 

El alzhéimer, esa terrible enfermedad de la que todos hemos oído hablar y que muchos la conocemos directamente porque hemos tenido familiares que la han sufrido o la están sufriendo.

Es volver a ser niños pero al revés, según pasa el tiempo se desaprende lo que a lo largo de la vida se había aprendido. Caminar en sentido contrario, perder por el camino lo que tanto costó conseguir. Borra los recuerdos, buenos o malos, todos los que te gustaría conservar hasta el último momento de tu vida. Dejarte sin nada, vacío por dentro y desnudo por fuera. La mirada perdida en el infinito, sordo, ciego, mudo y con el cuerpo reducido a una piltrafa.

La memoria desaparece y la persona pierde la capacidad de mantener una conversación y responder al entorno. Que duro es ver así a un ser querido, que no sabe quién eres tú, que no te conocen ni se reconoce. No te escucha ni te habla ni pueden comer. Depende de ti como cuando tú naciste dependiste de tus padres para que te cuidasen. Tan pronto le ves feliz y eufórico como al rato triste, depresivo y llorando.

Al principio se da cuenta que su memoria falla, son pequeños lapsus, que no se acuerda donde dejó las cosas, que te dice hija no me acuerdo de nada, perdóname; yo no quiero vivir así, como fulanita o menganita, antes de tener esa enfermedad quiero morir.

Las personas afectadas van sufriendo una discapacidad y dependencia progresivas que afecta incluso a la realización de las actividades más básicas. Esto significa que pueden tener dificultades para comer, vestirse o incluso, en fases muy avanzadas, para andar.

El Alzheimer es una enfermedad que genera un deterioro cognitivo progresivo, pierden la memoria, se altera el lenguaje, tienen dificultades de orientación temporal, y personal, también para la planificación de tareas o la resolución de problemas. Este deterioro suele acompañarse de cambios en la personalidad y el comportamiento. La capacidad de la persona para ser autónoma y llevar a cabo las actividades de la vida diaria va disminuyendo, de modo que en las fases más avanzadas necesitarán ayuda y cuidados.

 Hay una bonita poesía de Fina Tur que dice:

Si alguna vez olvido quién soy…

Ven y llévame al mar para que me funda en su azul…

Dile a la luna llena que necesito verla…Y a las estrellas que vigilen que no me apague…

Recuérdame cada intento…Para que recuerde que fui capaz…

Enséñame montañas, sonrisas y nubes…Y dime que me esperan…

Tararéame bajito y balancea mi cintura para que la música regrese a mis pulmones…

Susúrrame un “te quiero” para que mi corazón recuerde lo que es latir…

Dime que los sueños son más reales que la realidad y que me esperas allí para demostrármelo…

Tráeme lluvia y tormentas para poder resguardarme en casa…

Inventa fantasmas y fantasías que hagan temblar mi piel…

Abre puertas que resuciten mi alma y me devuelvan la fe…

Átame a tu abrazo y no me dejes escapar…

Mírame a los ojos para que los tuyos griten mi nombre y me reconozca de nuevo…

Y hazme saber que el amanecer no amanece sin mi despertar…

…Si alguna vez olvido quien soy…Por favor…No lo olvides tú…

 

Josefina Mateos Madrigal

2 de agosto de 2021

jueves, 17 de enero de 2019

TERNURA (Zenaida Bacardi)


Hoy comparto esta poesía que trata sobre la ternura de Zenaida Bacardi. Espero que les guste.

TERNURA (Zenaida Bacardi)

No es ternura el fuego de una pasión…
sino la suavidad de una caricia.
No es ternura el oleaje que se desborda,
sino el beso del cielo con el mar.
No es ternura la montaña que nos sobrecoge…
sino la macetita de violetas perfumando en la ventana.
No es ternura lo grandioso…
sino la delicadeza, la insignificancia, el detalle.
No es ternura lo que se da…
sino lo que se refleja y se deja traslucir.
No es ternura el sol que calcina, sino la luna que embruja.
No es ternura el fuego que abrasa…
sino el leño que se consume.
No es ternura lo que sobresale y resalta…
sino el escondite…el beso…la insinuación…
La luz y la rosa
La ternura es eso que…
vitaliza al viejo…
Duerme al niño…

¡Y desarma al hombre!

Josefina Mateos M

domingo, 13 de enero de 2019

TERNURA EN LOS ANIMALES


TERNURA EN LOS ANIMALES

Les voy a narrar un hecho verídico en el que se muestra que los animales también tienen sus sentimientos y la ternura que puede haber entre ellos, lo que a veces los humanos no somos capaces de sentir ni de hacer. Ocurrió en la costa de Kenia tras el tsunami, nos demuestra que no hay diferencias insalvables cuando se traga de hacer el bien a los demás. Los protagonistas son un hipopótamo recién nacido llamado Owen, y una tortuga centenaria llamada Mzee. El hipopótamo bebé que sobrevivió a las olas del tsunami en la costa de Kenya formó un fuerte vínculo con una tortuga macho gigante centenaria, en un lugar para animales del puerto de la ciudad de Mombassa.

domingo, 6 de enero de 2019

LA TERNURA


LA TERNURA

Ternura es una palabra de la que todo el mundo habla, la relacionamos con afecto, calor, dulzura y consuelo. Nadie puede vivir sin ella porque la vida sería muy difícil si faltara. Una palabra que va directa al corazón, pues evoca los momentos en los que nos encontramos maravillosamente bien, relajados, confiados y gozosos de amar y ser amados…
La ternura es una sensibilidad para con los estados del alma del otro. La ternura es el arte de sentir a la persona, al ser humano es su totalidad. 
La ternura acaricia, abraza, protege y se puede materializar en unas palabras, un pensamiento, un deseo, una acción. 
La ternura es una actitud afectiva interior. El arte de ser cariñoso, un deseo, una acción.
La ternura es una actitud afectiva interior. El arte de ser cariñoso y amable con las demás personas.