Hubo un
tiempo en que los animales convivían bajo el mismo techo que la familia. En
Cebreros (Ávila), las casas de los agricultores compartían esa misma alma
antigua: el animal cruzaba el portalón —o la simple puerta estrecha de tantas
viviendas humildes— pisando las lanchas de piedra o el empedrado castellano,
camino de la cuadra del fondo. A veces la entrada enlazaba directamente con un
pasillo donde se guardaban los animales y los aperos, obligando a pasar por la
cocina y otras dependencias antes de llegar al establo.
Era una
herencia campesina que sobrevivió en pueblos como Cebreros hasta hace apenas
unas décadas. Hoy muchos de aquellos empedraos han desaparecido bajo reformas
modernas, pero quienes los vivieron entre las cepas aún recuerdan el sonido de
los cascos de las caballerías entrando en casa.
En aquellas
viviendas, la frontera entre el hogar y el campo apenas existía. Al volver de
la jornada, se descargaba al animal en la puerta, se le quitaba el aparejo, el serón
y este recorría el pasillo empedrado que llevaba hasta la cuadra. Conocía el
trayecto de memoria: avanzaba despacio junto a la cocina mientras la familia
continuaba la vida alrededor del fuego.
Aquellas
piedras —cantos rodados, lanchas o granito— no eran decorativas. Evitaban el
barro, daban agarre a los cascos y resistían el desgaste diario. Era una
arquitectura humilde, práctica y nacida de la necesidad.
Hoy parece
un viaje en el tiempo, pero durante siglos fue la normalidad.
No causaba
sorpresa estar sentado a la mesa y ver entrar al hombre con la mula o el
borrico, pasando a tu lado camino de la cuadra. Ni los animales ni quienes
estaban en la casa se inmutaban: era parte del día a día.
Las puertas
de la cuadra, igual que la de la entrada, solían dejarse con el cuarterón
abierto para que entrase algo de luz y ventilación. Por eso era habitual verlos
abiertos tanto en verano como en invierno.
A veces la
casa y la cuadra eran tan pequeñas que la mula o el burro asomaban la cabeza
por la puerta, como si hubiese un invitado más en la mesa, esperando que le
cayese algún mendrugo de pan.
Recuerdo una
comida en la que nos invitaron. Estábamos todos sentados, con el plato servido,
a punto de empezar. Hacía mucho calor y la puerta de la calle estaba abierta.
El marido se había retrasado; en aquellos tiempos no había móvil para avisar, y
el arroz se pasaba, así que la mujer decidió que empezáramos sin él.
De pronto,
pasó a nuestro lado el hombre conduciendo al burro hacia la cuadra. Después
entraron los aparejos. Nosotros nos mirábamos sin saber si levantarnos, comer o
esperar.
El único que
sí sabía qué hacer era el burro, que enseguida sacó la cabeza atraído por el
olor de la comida, como diciendo: «No empecéis, que falto yo».
Y así era la
vida entonces: sencilla y compartida. Los animales formaban parte de la rutina
cotidiana igual que la cocina, el corral o la huerta.
Hoy cuesta
imaginarlo, pero hubo un tiempo en que la vida y el campo latían bajo el mismo
techo, y el sonido de unos cascos entrando en casa no interrumpía nada: solo
recordaba que la tierra también formaba parte del hogar.
Así era la
casa de mis suegros, con ese gran portalón de lanchas por donde pasaban la mula
y el borrico.
Y la de mi
tía, con la mula asomando las orejas por el cuarterón mientras nos servía las
alcachofas con carne...
Eso lo
dejamos para otro artículo.
Josefina
Mateos Madrigal
30 de mayo
de 2026

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