Hay
recuerdos que no vuelven como escenas sueltas, sino como un olor, una luz, un
gesto. A veces basta imaginar el vapor de un tazón para que regrese entera una
infancia: la cocina, la madre, el miedo, la ternura, la vida sencilla y dura de
aquellos años. Este es uno de esos recuerdos.
Desde
pequeña desayunaba sopas de leche. La leche era de cabra, la traía cada mañana
la “tía Ugeña”, mejor dicho, la señora Eugenia, que recorría las casas con su
cántara y su paso tranquilo. Las sopas se hacían con el pan del día anterior, y
aunque hoy las recuerdo como un manjar, en aquella época no me parecían nada
especial. Pero mi madre me las preparaba con tanto cariño antes de ir a la
escuela, que ahora, al evocarlas, casi puedo sentir el vapor subiendo del
tazón.
En casa no
se compraban galletas. Eso era para otros. Las vendían al peso, en bolsas de
papel, y lo habitual era comprar cien gramos de las típicas galletas María. A
veces me daban un realillo,
aquella moneda ligera con un agujero en el centro que circulaba en los años
cincuenta y sesenta. Y otras veces, cinco perras gordas para comprar churros,
cada churro costaba una perra gorda, y con cinco ya tenía más que suficiente.
Yo no era comilona; más bien flacucha, de poco apetito. Por eso siempre tenía
anemia y me pinchaban inyecciones de hierro que dolían como demonios.
La encargada
de pinchar era la señora Avelina. Creo que todos los niños le teníamos pánico
solo con ver su sombra. A mí no me gustaba nada que me pinchase —siento decirlo—,
yo la veía como una bruja, aunque en realidad era una buena mujer. Cosas de niños.
Su llegada a
casa era todo un ritual. Nada más entrar pedía una silla y se ponía a charlar
con mi madre, como si no trajera en su bolso el instrumento del terror. Luego
pedía alcohol, algodón y una caja de cerillas. Ahí empezaban mis nervios, la
tiritera, el temblor en las piernas.
Mi madre le
llevaba un plato. Ella colocaba encima un algodón empapado en alcohol, encendía
una cerilla y lo prendía. Cuando la llama empezaba a bailar, sacaba una cajita
de metal alargada, hecha casi a la medida de las jeringuillas. La sujetaba con
unas tijeras con forma de pinzas sobre el pequeño fuego, y el agua empezaba a hervir. Dentro
iban las jeringuillas y las agujas. Había de varios tamaños; a mí me parecían
enormes, más grandes que espadas o lanzas.
La luz tenue
de la bombilla —que parecía más bien una vela— proyectaba sombras alargadas en
las paredes de la cocina. Las llamas del algodón hacían que aquellas sombras se
moviesen, crecieran, se retorcieran como si fuesen criaturas vigilantes. Yo no
sabía si mirar o cerrar los ojos. Todo parecía más grande, más oscuro, más
amenazante de lo que realmente era.
No recuerdo
si afilaba las agujas antes o después de hervirlas. Pero sí recuerdo
perfectamente cómo soplaba el instrumental para que se enfriara. Aunque a
mí me parecía que el tiempo no le
importaba nada, que su ritual iba siempre lento, eterno, como si cada
gesto tuviera que cumplirse sin prisa.
Y entonces
venía lo peor: las afilaba. Sí,
como los afiladores de la calle. Les sacaba punta para que entrasen “mejor” en
la carne. ¿Y con qué las afilaba? Con el raspador de la caja de cerillas. Yo
abría los ojos cada vez más, sin saber si mirar o esconderme.
Cuando por
fin terminaba y preparaba la jeringuilla, mi madre quería sentarme en sus
rodillas, abrazarme fuerte para que no me moviese. Pero yo no quería. Yo
insistía en ponerme de pie, firme, valiente, como si así pudiera controlar el
miedo. Y era justo en ese momento, cuando menos lo esperaba, cuando… ¡zaca! Ya me había clavado la aguja.
Siempre acompañada de un golpecito para despistarme. El líquido ardía al
entrar.
Antes de
irse, me dejaba un algodón impregnado en alcohol sobre el pinchazo, por si
salía una gotita de sangre. Aquel algodón frío era como la última firma de su
visita.
Al
marcharse, decía siempre lo mismo: “Me
quedan todavía enfermos por visitar.” Visitar… o meterles la banderilla,
porque a mí ya me la había puesto.
Y entonces
quedaba en la cocina un olor muy particular, inconfundible: no era azufre, era
el olor del alcohol que había ardido mientras ella preparaba la inyección. Ese
olor se quedaba flotando en el aire, mezclado con mi miedo, como si la escena se resistiera a desaparecer.
Hoy, cuando
pienso en aquella niña flacucha que desayunaba sopas de leche y se enfrentaba
de pie a las agujas de la señora Avelina, no siento pena. Siento ternura.
Siento admiración. Porque en esa niña ya estaba la mujer que soy: observadora,
resistente, sensible, capaz de convertir un recuerdo doloroso en una historia
que aún huele a cocina antigua y a amor de madre.
Josefina Mateos Madrigal.
21 de mayo de 2026

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