sábado, 30 de mayo de 2026

LA VIDA Y EL CAMPO LATIENDO BAJO EL MISMO TECHO

Mula

Hubo un tiempo en que los animales convivían bajo el mismo techo que la familia. En Cebreros (Ávila), las casas de los agricultores compartían esa misma alma antigua: el animal cruzaba el portalón —o la simple puerta estrecha de tantas viviendas humildes— pisando las lanchas de piedra o el empedrado castellano, camino de la cuadra del fondo. A veces la entrada enlazaba directamente con un pasillo donde se guardaban los animales y los aperos, obligando a pasar por la cocina y otras dependencias antes de llegar al establo.

 

Era una herencia campesina que sobrevivió en pueblos como Cebreros hasta hace apenas unas décadas. Hoy muchos de aquellos empedraos han desaparecido bajo reformas modernas, pero quienes los vivieron entre las cepas aún recuerdan el sonido de los cascos de las caballerías entrando en casa.

 

En aquellas viviendas, la frontera entre el hogar y el campo apenas existía. Al volver de la jornada, se descargaba al animal en la puerta, se le quitaba el aparejo, el serón y este recorría el pasillo empedrado que llevaba hasta la cuadra. Conocía el trayecto de memoria: avanzaba despacio junto a la cocina mientras la familia continuaba la vida alrededor del fuego.

 

Aquellas piedras —cantos rodados, lanchas o granito— no eran decorativas. Evitaban el barro, daban agarre a los cascos y resistían el desgaste diario. Era una arquitectura humilde, práctica y nacida de la necesidad.

 

Hoy parece un viaje en el tiempo, pero durante siglos fue la normalidad.

 

No causaba sorpresa estar sentado a la mesa y ver entrar al hombre con la mula o el borrico, pasando a tu lado camino de la cuadra. Ni los animales ni quienes estaban en la casa se inmutaban: era parte del día a día.

 

Las puertas de la cuadra, igual que la de la entrada, solían dejarse con el cuarterón abierto para que entrase algo de luz y ventilación. Por eso era habitual verlos abiertos tanto en verano como en invierno.

 

A veces la casa y la cuadra eran tan pequeñas que la mula o el burro asomaban la cabeza por la puerta, como si hubiese un invitado más en la mesa, esperando que le cayese algún mendrugo de pan.

 

Recuerdo una comida en la que nos invitaron. Estábamos todos sentados, con el plato servido, a punto de empezar. Hacía mucho calor y la puerta de la calle estaba abierta. El marido se había retrasado; en aquellos tiempos no había móvil para avisar, y el arroz se pasaba, así que la mujer decidió que empezáramos sin él.

 

De pronto, pasó a nuestro lado el hombre conduciendo al burro hacia la cuadra. Después entraron los aparejos. Nosotros nos mirábamos sin saber si levantarnos, comer o esperar.

 

El único que sí sabía qué hacer era el burro, que enseguida sacó la cabeza atraído por el olor de la comida, como diciendo: «No empecéis, que falto yo».

 

Y así era la vida entonces: sencilla y compartida. Los animales formaban parte de la rutina cotidiana igual que la cocina, el corral o la huerta.

 

Hoy cuesta imaginarlo, pero hubo un tiempo en que la vida y el campo latían bajo el mismo techo, y el sonido de unos cascos entrando en casa no interrumpía nada: solo recordaba que la tierra también formaba parte del hogar.

 

Así era la casa de mis suegros, con ese gran portalón de lanchas por donde pasaban la mula y el borrico.

 

Y la de mi tía, con la mula asomando las orejas por el cuarterón mientras nos servía las alcachofas con carne...

 

Eso lo dejamos para otro artículo.

 

Josefina Mateos Madrigal

30 de mayo de 2026


 

jueves, 21 de mayo de 2026

EL TAZÓN DE SOPAS DE LECHE


Hay recuerdos que no vuelven como escenas sueltas, sino como un olor, una luz, un gesto. A veces basta imaginar el vapor de un tazón para que regrese entera una infancia: la cocina, la madre, el miedo, la ternura, la vida sencilla y dura de aquellos años. Este es uno de esos recuerdos.

 

Desde pequeña desayunaba sopas de leche. La leche era de cabra, la traía cada mañana la “tía Ugeña”, mejor dicho, la señora Eugenia, que recorría las casas con su cántara y su paso tranquilo. Las sopas se hacían con el pan del día anterior, y aunque hoy las recuerdo como un manjar, en aquella época no me parecían nada especial. Pero mi madre me las preparaba con tanto cariño antes de ir a la escuela, que ahora, al evocarlas, casi puedo sentir el vapor subiendo del tazón.

 

En casa no se compraban galletas. Eso era para otros. Las vendían al peso, en bolsas de papel, y lo habitual era comprar cien gramos de las típicas galletas María. A veces me daban un realillo, aquella moneda ligera con un agujero en el centro que circulaba en los años cincuenta y sesenta. Y otras veces, cinco perras gordas para comprar churros, cada churro costaba una perra gorda, y con cinco ya tenía más que suficiente. Yo no era comilona; más bien flacucha, de poco apetito. Por eso siempre tenía anemia y me pinchaban inyecciones de hierro que dolían como demonios.

 

La encargada de pinchar era la señora Avelina. Creo que todos los niños le teníamos pánico solo con ver su sombra. A mí no me gustaba nada que me pinchase —siento decirlo—, yo la veía como una bruja, aunque en realidad era una buena mujer. Cosas de niños.

 

Su llegada a casa era todo un ritual. Nada más entrar pedía una silla y se ponía a charlar con mi madre, como si no trajera en su bolso el instrumento del terror. Luego pedía alcohol, algodón y una caja de cerillas. Ahí empezaban mis nervios, la tiritera, el temblor en las piernas.

 

Mi madre le llevaba un plato. Ella colocaba encima un algodón empapado en alcohol, encendía una cerilla y lo prendía. Cuando la llama empezaba a bailar, sacaba una cajita de metal alargada, hecha casi a la medida de las jeringuillas. La sujetaba con unas tijeras con forma de pinzas sobre el pequeño fuego, y el agua empezaba a hervir. Dentro iban las jeringuillas y las agujas. Había de varios tamaños; a mí me parecían enormes, más grandes que espadas o lanzas.

 

La luz tenue de la bombilla —que parecía más bien una vela— proyectaba sombras alargadas en las paredes de la cocina. Las llamas del algodón hacían que aquellas sombras se moviesen, crecieran, se retorcieran como si fuesen criaturas vigilantes. Yo no sabía si mirar o cerrar los ojos. Todo parecía más grande, más oscuro, más amenazante de lo que realmente era.

 

No recuerdo si afilaba las agujas antes o después de hervirlas. Pero sí recuerdo perfectamente cómo soplaba el instrumental para que se enfriara. Aunque a mí me parecía que el tiempo no le importaba nada, que su ritual iba siempre lento, eterno, como si cada gesto tuviera que cumplirse sin prisa.

 

Y entonces venía lo peor: las afilaba. Sí, como los afiladores de la calle. Les sacaba punta para que entrasen “mejor” en la carne. ¿Y con qué las afilaba? Con el raspador de la caja de cerillas. Yo abría los ojos cada vez más, sin saber si mirar o esconderme.

 

Cuando por fin terminaba y preparaba la jeringuilla, mi madre quería sentarme en sus rodillas, abrazarme fuerte para que no me moviese. Pero yo no quería. Yo insistía en ponerme de pie, firme, valiente, como si así pudiera controlar el miedo. Y era justo en ese momento, cuando menos lo esperaba, cuando… ¡zaca! Ya me había clavado la aguja. Siempre acompañada de un golpecito para despistarme. El líquido ardía al entrar.

 

Antes de irse, me dejaba un algodón impregnado en alcohol sobre el pinchazo, por si salía una gotita de sangre. Aquel algodón frío era como la última firma de su visita.

 

Al marcharse, decía siempre lo mismo: “Me quedan todavía enfermos por visitar.” Visitar… o meterles la banderilla, porque a mí ya me la había puesto.

 

Y entonces quedaba en la cocina un olor muy particular, inconfundible: no era azufre, era el olor del alcohol que había ardido mientras ella preparaba la inyección. Ese olor se quedaba flotando en el aire, mezclado con mi miedo, como si la escena se resistiera a desaparecer.

 

Hoy, cuando pienso en aquella niña flacucha que desayunaba sopas de leche y se enfrentaba de pie a las agujas de la señora Avelina, no siento pena. Siento ternura. Siento admiración. Porque en esa niña ya estaba la mujer que soy: observadora, resistente, sensible, capaz de convertir un recuerdo doloroso en una historia que aún huele a cocina antigua y a amor de madre.


Josefina Mateos Madrigal. 


21 de mayo de 2026