Llegamos al
mundo con las manos abiertas y sin más equipaje que un llanto y un suspiro.
Salimos exactamente igual: desnudos, vulnerables y sin habernos podido llevar
ni una sola moneda del imperio que creímos construir. Al principio, alguien nos
alimenta y nos lava; al final, alguien volverá a hacerlo.
La vida es
un círculo perfecto de absoluta igualdad. Si la entrada y la salida son
idénticas para todos, ¿por qué gastamos el poco tiempo que tenemos en
desgastarnos con rencores, envidias y vanidades? ¿Qué sentido tiene competir
por acumular un polvo que, tarde o temprano, volverá a ser tierra?
La simetría
de la existencia nos recuerda que todos los seres humanos entramos y salimos de
este mundo en absoluta igualdad. No hay privilegios ante el nacimiento ni ante
la muerte. El punto de partida y el de llegada son exactamente los mismos para
todos.
Nada de lo
material cruza la frontera de nuestra partida. Lo único que sobrevive al eco de
nuestro paso es algo intangible, pero eterno: el amor que regalamos, la
compasión con la que abrigamos a otros, la humildad de sabernos frágiles y la
bondad que dejamos sembrada.
Acumular
resentimiento o convertirse en esclavo de la ambición desmedida es un
sinsentido. Ninguna riqueza material puede acompañarnos más allá del último
aliento. El verdadero patrimonio es el legado humano: nuestra capacidad de
conectar con el dolor y la alegría ajena, de tender una mano cuando alguien
tropieza y de dejar una huella luminosa en quienes compartieron camino con
nosotros.
Tal vez la
verdadera inmortalidad no consista en permanecer, sino en seguir habitando en
los recuerdos de quienes compartieron nuestra vida. En una palabra aprendida de
nosotros, en una sonrisa heredada, en un consejo oportuno o en un gesto de
bondad que otros repitan sin saber siquiera dónde tuvo su origen.
Nos
preocupamos por alcanzar grandes metas y, sin embargo, la felicidad suele
esconderse en lugares mucho más sencillos: una conversación sincera, el calor
de una mano amiga, el olor de la tierra después de la lluvia, la risa de un
niño o la tranquilidad de saber que alguien nos espera al final del día.
La
naturaleza nos lo recuerda constantemente. El árbol ofrece su sombra sin pedir
nada a cambio, el río continúa su camino sin aferrarse a sus aguas y las
estaciones aceptan los cambios sin resistencia. Quizá la sabiduría consista en
aprender de ellos, en comprender que vivir también significa soltar.
No sabemos
cuántas páginas tiene nuestro libro ni en qué capítulo nos encontramos. Por eso
cada día encierra un valor inmenso. Cada amanecer es una oportunidad
irrepetible para reconciliarnos, agradecer, amar un poco más y preocuparnos un
poco menos.
Quizá, al
final, descubramos que la vida no se mide por lo que conseguimos acumular, sino
por la intensidad con la que supimos vivirla. Por los momentos que nos hicieron
felices, por las personas que nos acompañaron y por todo aquello que, sin tener
precio, dio verdadero sentido a nuestra existencia.
El reloj
corre y la función es breve. No la malgastes en frustraciones estériles.
Vive aquí.
Vive ahora. Con la sencillez de la tierra y el pulso libre de los seres vivos.
Vinimos a
experimentar este milagro, no a pelearnos por él.
Y cuando
llegue el momento de partir, que nuestras manos vuelvan a estar vacías, pero
que nuestro corazón haya aprendido a llenarse de todo aquello que realmente
importa.
Josefina Mateos Madrigal
4 de Noviembre de 2026
