El Domingo
de Ramos siempre tiene algo especial: una mezcla de alegría, ternura y humildad
que toca incluso a quienes no son especialmente religiosos. La imagen de Jesús
entrando en Jerusalén montado en un borrico —no en un caballo de guerra, sino
en la sencillez más radical— es un gesto que habla por sí solo. Simboliza
muchas cosas: la humildad absoluta, un triunfo distinto hecho de cercanía y
compasión, un pueblo que reconoce la bondad y el inicio de un camino profundo
que marca toda la Semana Santa. Quizá por eso, cada año, este día nos invita a
mirar la vida desde lo sencillo, lo auténtico, lo que no necesita imponerse
para ser grande.
Cuando era
pequeña, mi madre siempre me compraba algo para estrenar. En el pueblo se
decía: “Domingo de Ramos, el que no estrena no tiene manos”. Yo me lo tomaba
tan en serio que llegué a pensar que, si no estrenaba algo, se me caerían.
Luego venía el gracioso con aquello de “y el que estrena se condena”, pero por
si acaso, yo estrenaba aunque solo fueran unos calcetines. Detrás de esa
costumbre había mucho más: la celebración de la primavera, el cariño de las
madres, un juego social entre broma y superstición y, para los niños, la
sensación de estrenar el mundo.
Ese domingo
se acudía a misa con ramos para su bendición, que luego se colocaban en
ventanas, balcones o puertas como señal de protección. Las palmas bonitas solo
las llevaba la gente pudiente. Eran preciosas, auténticas obras de arte, y los
demás las mirábamos con sorpresa y un pellizquito de envidia inocente. La
mayoría llevábamos laurel u olivo, lo que daba la tierra.
Otra
tradición era subir al Castrejón y a los Pinillos a por unas plantas llenas de
pinchos que llamábamos carracas. Los chicos iban el día antes, en cuadrilla,
como si fueran exploradores. En misa, cuando el cura bendecía, todos agitábamos
las carracas a la vez. El ruido era tal que tenía que mandarnos callar y
ordenar que las dejáramos en el suelo. Era un momento glorioso para cualquier
niño.
Lo peor
venía después. Al salir, aquello se convertía en una batalla campal. Si te
pillaba un grupo de niños, te pinchaban con las carracas en las piernas. Cómo
picaban. Se te ponían rojas, salían granitos… Ese día era mejor no salir a la
calle o correr sin mirar atrás. ¡Qué tiempos! ¡Duelen y acarician a la vez!.
La Semana
Santa transmitía recogimiento y silencio, aunque el ambiente siguiera siendo
festivo. Se notaba la primavera, el buen tiempo. Pero a partir de ese domingo,
algo cambiaba. Llegaban días de meditación y oración. El tiempo parecía
detenerse. La gente hablaba despacio, como si elevar la voz pudiera ofender. En
la iglesia todo se volvía más oscuro, más solemne. Incluso yo, siendo niña,
sentía un peso en el pecho, una tristeza que no entendía del todo pero que
estaba allí, flotando en el aire. La Semana Santa en los pueblos no era solo
liturgia: era un estado del alma.
Y aun así,
había belleza: el olor a tierra mojada, las primeras flores, la ropa nueva, las
procesiones solemnes y la sensación de formar parte de algo grande y
compartido.
No me olvido
del potaje de los viernes. Comer carne era pecado; solo los que tenían bula
podían hacerlo. Los enfermos estaban libres de pecado y otros la compraban.
Unas vecinas de enfrente tenían bula. Yo no lo entendía muy bien eso de tener
bula; solo sé que a mí ese plato no me gustaba. Ahí estaba todo mezclado:
judías, garbanzos, arroz, bacalao y, flotando, esas hojas verdes que me daban
arcadas. Ese día, ayunaba. Lo bueno eran las torrijas. Qué ricas… y qué poco
duraban.
Al final,
cada Domingo de Ramos vuelve a traerme estos recuerdos: humildes, sencillos,
llenos de vida. Pequeñas cosas que, sin saberlo, nos fueron construyendo. Hoy,
cuando llega este día, no puedo evitar volver a aquella niña que estrenaba
calcetines, corría del pinchazo de las carracas y soñaba con las torrijas. Qué
sencillo era todo, y qué grande me parece ahora. Quizá por eso este día sigue
emocionándome: porque une la fe, la tradición y la memoria. Y porque, de algún
modo, todos seguimos estrenando algo cada Domingo de Ramos.
Josefina
Mateos Madrigal
29 de marzo
de 2026

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