domingo, 5 de abril de 2026

DOMINGO DE RESURRECCIÓN, LA SONRISA QUE SIEMPRE ESPERABA.

Procesión del Domingo de Resurrección, 

Hoy, Domingo de Resurrección, las campanas vuelven a sonar con esa fuerza que solo tienen en los días grandes. Son campanas de alegría, de luz, de un pueblo que por fin respira después del peso silencioso de la Semana Santa. Atrás quedan la música grave de la banda, las calles semioscuras, el paso lento de las imágenes que parecían acompañar un entierro sin música.

 

Hoy todo renace.

 

Cuando era niña, este día tenía algo mágico. Todos queríamos ir a la procesión del Resucitado para ver reír a la Virgen en su encuentro con el Hijo. Salían por calles distintas y se encontraban detrás de la Iglesia Vieja, en la carretera del Burguillo, junto al Bolo. Ese momento era esperado por todos: madres, padres, niños subidos a hombros para no perder detalle. Yo nunca sabía con cuál ir, si con la Virgen o con el Niño.

 

Mi madre no venía conmigo; no recuerdo verla en las procesiones. Pero allí estaban las demás madres, guiando a sus hijos, contándoles que la Virgen sonreía justo cuando le cambiaban el manto: del negro del luto al blanco de la alegría. Yo, por más que miraba, nunca lograba ver esa sonrisa. Me decepcionaba un poco, pero siempre pensaba: el año que viene no se me escapa.

 

También me impresionaba el Resucitado. Le llamaban “el Niño”, pero tenía barba, y eso me confundía. Me imponía respeto, casi miedo, y no me atrevía a mirarle mucho a la cara. Tampoco entendía por qué no llevaba ropa, solo un paño. En el fondo me daba pena verlo así.

 

En aquel mismo lugar ponían bollas en las imágenes para los monaguillos. Las campanas no dejaban de sonar hasta que la Madre y el Hijo entraban en la iglesia. Entonces sí: la Semana Santa había terminado. Se acababan las cortinas moradas, el recogimiento, la seriedad. Todo volvía a llenarse de luz.

 

Yo sentía que había cumplido: había confesado, comulgado, asistido a misa y a los oficios. Quería seguir siendo una niña buena, que el Señor estuviese orgulloso de mí y me quisiera mucho. Y, por supuesto, el año siguiente volvería a intentarlo: ver reír a la Virgen, ese gesto que todos decían haber visto menos yo.

 

Hoy, tantos años después, sigo escuchando esas campanas como un recordatorio de que siempre hay un renacer posible. Que la luz vuelve. Que la alegría regresa. Que, de alguna manera, todos seguimos siendo aquella niña que esperaba no perderse el milagro.

 

Josefina Mateos Madrigal

5 de abril de 2026