Hoy, Domingo
de Resurrección, las campanas vuelven a sonar con esa fuerza que solo tienen en
los días grandes. Son campanas de alegría, de luz, de un pueblo que por fin
respira después del peso silencioso de la Semana Santa. Atrás quedan la música
grave de la banda, las calles semioscuras, el paso lento de las imágenes que
parecían acompañar un entierro sin música.
Hoy todo
renace.
Cuando era
niña, este día tenía algo mágico. Todos queríamos ir a la procesión del
Resucitado para ver reír a la Virgen en su encuentro con el Hijo. Salían por
calles distintas y se encontraban detrás de la Iglesia Vieja, en la carretera
del Burguillo, junto al Bolo. Ese momento era esperado por todos: madres, padres,
niños subidos a hombros para no perder detalle. Yo nunca sabía con cuál ir, si
con la Virgen o con el Niño.
Mi madre no
venía conmigo; no recuerdo verla en las procesiones. Pero allí estaban las
demás madres, guiando a sus hijos, contándoles que la Virgen sonreía justo
cuando le cambiaban el manto: del negro del luto al blanco de la alegría. Yo,
por más que miraba, nunca lograba ver esa sonrisa. Me decepcionaba un poco,
pero siempre pensaba: el año que viene no se me escapa.
También me
impresionaba el Resucitado. Le llamaban “el Niño”, pero tenía barba, y eso me
confundía. Me imponía respeto, casi miedo, y no me atrevía a mirarle mucho a la
cara. Tampoco entendía por qué no llevaba ropa, solo un paño. En el fondo me
daba pena verlo así.
En aquel
mismo lugar ponían bollas en las imágenes para los monaguillos. Las campanas no
dejaban de sonar hasta que la Madre y el Hijo entraban en la iglesia. Entonces
sí: la Semana Santa había terminado. Se acababan las cortinas moradas, el
recogimiento, la seriedad. Todo volvía a llenarse de luz.
Yo sentía que
había cumplido: había confesado, comulgado, asistido a misa y a los oficios.
Quería seguir siendo una niña buena, que el Señor estuviese orgulloso de mí y
me quisiera mucho. Y, por supuesto, el año siguiente volvería a intentarlo: ver
reír a la Virgen, ese gesto que todos decían haber visto menos yo.
Hoy,
tantos años después, sigo escuchando esas campanas como un recordatorio de que
siempre hay un renacer posible. Que la luz vuelve. Que la alegría regresa. Que,
de alguna manera, todos seguimos siendo aquella niña que esperaba no perderse
el milagro.
Josefina
Mateos Madrigal
5
de abril de 2026
